Bruno quedó tirado en el suelo, sin poder ni siquiera intentar levantarse después de la patada que le dio Fabricio.
Alzó la mirada y vio a Fabricio acercándose con una silla en la mano.
El paso de Fabricio era lento y seguro. Las luces del hotel iluminaban su figura, dándole el aspecto de un demonio salido del infierno, tan intimidante que hasta el aire parecía pesar.
Bruno intentó arrastrarse hacia atrás, pero por cada centímetro que retrocedía, Fabricio acortaba la distancia con la misma calma.
Para su mala suerte, tenía la puerta del vestíbulo justo detrás. Estaba cerrada. No había escapatoria.
—¿Tú… tú qué quieres hacer? —Bruno se apoyó en las manos, intentando ponerse de pie, pero no tenía ni una pizca de fuerza. Solo le quedó recurrir a la amenaza—. Mi abuela y la tuya son amigas de toda la vida, si te atreves a lastimarme, ¿no temes que terminen enemistadas por tu culpa?
Clarisa y Jimena se miraron entre sí tras escuchar eso, luego apartaron la vista, como si escucharan un mal chiste.
¿Enemistadas? Por favor.
Aunque Fabricio matara hoy mismo a alguien de la familia Orozco y terminara en la cárcel, ni así las dos abuelas dejarían de llevarse. Nadie entendía la profundidad de la amistad que las unía.
Fabricio se plantó frente a Bruno, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo la silla. Su expresión era dura y sus ojos parecían dos puñales. Habló con una voz aún más gélida que antes:
—¿Te atreviste a molestar a mi mujer? ¿Te crees muy valiente?
—¡Pum!—
Fabricio no le dio tiempo ni de responder. Levantó la silla y la azotó directamente contra la pierna de Bruno.
—¡Aaaah!—
Un grito desgarrador resonó en todo el salón, tan fuerte que hizo estremecer a varios invitados.
Sin inmutarse, Fabricio sacó un paquete de toallas húmedas del bolsillo, limpiando con calma la mano que había sostenido la silla. Luego, sin perder la compostura, agarró del brazo al invitado más cercano y le preguntó con total tranquilidad:
—¿Tienes efectivo?
—¿Eh? —El hombre, sorprendido por la súbita atención de Fabricio, casi se va de espaldas. No entendía por qué le tocaba a él cargar con la furia del jefe Pacheco, si ni pariente de los Orozco ni de los Pacheco era.


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