Ese dinero ya de por sí tenía que rendirlo lo más posible, pero ahora, para hacerle la fiesta de reconocimiento a Melisa, no le quedó de otra más que desembolsar. Solo de pensarlo, le hervía la sangre.
—Vieja testaruda, ni sé qué se le cruzó por la cabeza, pero se le ocurrió que tenía que organizarle esa fiesta a Melisa —masculló para sí Isidora, molesta—. Muy fácil dar órdenes, pero ni un peso puso. Al final, el gasto me lo endilgaron a mí.
No, esto no se iba a quedar así.
Mañana mismo iría a buscar a Nicolás para exigirle que le devolviera ese dinero.
En ese momento, Florencia, que acababa de recibir el dinero, pareció recordar algo y preguntó:
—Mamá, ¿no crees que Cristóbal quiera hacerle algo a Melisa?
—¿Tú qué piensas? —bufó Isidora, soltando una risa despectiva—. Cuando Melisa era niña, le arrancó de un mordisco un pedazo de piel del hombro a tu hermano. Cristóbal la odia con todo el alma, y si volvió, seguro es por Melisa.
Isidora la miró con seriedad, advirtiendo:
—Tú mantente lejos de Cristóbal, ese loco cuando se le suelta el tornillo no reconoce ni a su propia familia. No quiero que te haga daño.
—Sí, ya sé —contestó Florencia, aunque en sus ojos brillaba una chispa de emoción.
¡Perfecto!
¡Que se peleen!
Si Cristóbal se deshacía de Melisa, entonces ella se convertiría en la verdadera princesa de la familia Orozco.
Fabricio también sería para ella.
Incluso esos tipos a los que Melisa había conseguido atraer, también los quería para sí misma.
...
Al día siguiente.
Melisa despertó tarde. Cuando bajó, el resto de la familia Orozco ya había terminado de desayunar; solo Cristóbal y Elena seguían sentados en el comedor.
Desde que Isidora había hecho varios berrinches por tener que esperar a que todos estuvieran presentes para comer y terminaba de malas, decidió que ya no se esperaría a nadie: el que llegara primero, comía primero.
La abuela, después de aquel incidente de envenenamiento, solo comía platillos especiales preparados por Melisa, cocinados por Catalina, así que prefería no discutir con Isidora.
Nicolás casi nunca estaba en casa, así que ni caso le hacía a Isidora.
Y los demás no tenían opinión al respecto.
Melisa echó una mirada a Cristóbal y Elena, sonrió con picardía y fue directo al comedor.
Catalina, al verla bajar, enseguida le sirvió su desayuno.
—Señorita, la abuela ya desayunó. El tuyo lo dejé en la olla para que se mantuviera caliente. Todavía está bien rico.
Melisa tomó el plato y asintió:
Pero ahora las cosas habían cambiado.
La que mandaba era la abuela.
Y la segunda al mando era Melisa.
Si Melisa no decía nada, ella no tenía por qué hacerle caso a Elena.
—¿No hay? Entonces hazme uno ahora mismo —ordenó Elena, subiendo la voz.
Catalina no dijo nada, solo miró a Melisa.
Melisa le hizo una seña para que se acercara. Catalina se inclinó y Melisa le susurró unas palabras al oído.
Cuando Catalina se enderezó, miró con lástima a Elena.
Sin decir nada más, salió de la habitación.
Al poco rato, Catalina regresó con un recipiente en la mano.
Era un plato para perro.
Melisa lo tomó, se acercó a Elena, la agarró del cabello y la empujó contra la mesa. Le sujetó la boca y, sin vacilar, le vació todo el alimento para perro en la boca.
—Aprende: en esta casa comes lo que hay. Si vas a ponerte exigente, mejor prepárate para comer croquetas.

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