—¡Ah!
Elena lanzó un grito desgarrador y, fuera de sí, rugió:
—¡Melisa, te juro que te voy a hacer pedazos!
Ni bien terminó de hablar, se fue directo contra Melisa, intentando agarrarle el cabello.
Pero antes de que pudiera siquiera rozarla, Melisa le metió tal patada que la mandó volando contra la pared de atrás. Elena se dobló, abrazándose el estómago del dolor.
Justo en ese momento, Isidora regresaba a casa. Al ver la escena, se quedó pálida y soltó un grito furioso:
—¡Melisa! ¿Qué locura te agarró ahora? ¡Es tu tía! ¿Cómo te atreves a ponerle la mano encima?
Para Isidora, Melisa ya había cruzado todos los límites. Que se hubiera peleado con su hermano, bueno, uno podría dejarlo pasar… ¡¿pero ahora hasta golpear a su tía?!
Melisa ni siquiera se dignó a mirarla. Con toda la calma del mundo, se acercó a Elena, la miró desde arriba y le soltó, con una voz seca:
—Ubícate. Esta casa no es un hotel. Si quieres pedir platillos, mejor vete a un restaurante.
Elena, furiosa, le clavó la mirada a Melisa, llena de odio, y rechinando los dientes le escupió:
—¿Ah, sí? ¿A poco? ¿A poco ya crees que puedes hacer lo que te dé la gana solo porque tienes a esa gente que te respalda? No te confíes. Tú espérame sentada… No me voy a quedar así.
Melisa se metió las manos en los bolsillos, su actitud era la de alguien que no le tiene miedo a nada.
—Siempre he estado esperando, tía —le soltó, con una sonrisa torcida.
Y diciendo eso, le echó una mirada a Cristóbal, que estaba sentado a un lado, comiendo como si nada, y luego se fue, sonriendo con picardía.
...
En cuanto Melisa salió del cuarto, Isidora fue a levantar a Elena.
Pero Elena le apartó la mano de un manotazo.
—¡Aléjate! ¡Todo esto es culpa de la hija que educaste!
La cara de Isidora se torció del coraje, aunque trató de mantener la calma.
—Melisa todavía no madura, no le hagas caso. No te pongas así.

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