Capital Aeterna
Habían pasado ya veintisiete horas desde que comenzó la operación de don Hugo.
Dentro del quirófano seguía sin haber señales de movimiento.
Afuera, además de la familia Ávila, incluso el director del hospital y los jefes de cada área se habían reunido.
Todo el piso estaba repleto de personas, como si media ciudad se hubiera dado cita ahí.
Los Ávila estaban al borde del colapso.
—¿Por qué no salen ya? —La señora Ávila, con el rostro pálido y apoyada en su bastón, temblaba sin poder disimular—. Simón, ¿no le habrá pasado algo a tu papá?
—Tampoco lo sé —respondió Simón, sintiendo como si la piel del cuero cabelludo se le encogiera.
Todo el tiempo que duró la cirugía, él esperó afuera, sin probar bocado, ni tomar agua. Cuanto más pasaba el tiempo, más sentía que caía en un pozo sin fondo. El miedo de perder a su padre lo tenía atrapado.
Había perdido la cuenta de las veces que quiso lanzarse al quirófano para ver qué pasaba, pero siempre lograba contenerse.
No se atrevía.
¿Y si, por meterse, algo salía mal y la operación fallaba por su culpa? No podría perdonarse jamás.
Con la mirada fija en las letras luminosas del quirófano, sentía el pecho tan apretado que hasta le costaba respirar.
—Señora, don Simón, pueden quedarse tranquilos —intervino el director Varela, que había escuchado la conversación—. No estoy seguro si quien dirige la operación es Salvador Verde, pero sí reconozco al otro médico: Leo. Es el cirujano más famoso del país. Todas las operaciones que él dirige han sido un éxito. Además, Leo no solo es experto en medicina occidental, también domina la medicina tradicional.
Varela agregó con voz segura:
—Si él aceptó tomar el caso, debe estar convencido de que puede lograrlo.
En un inicio, la familia Ávila pidió que se preparara el quirófano, pero se negaban a que los médicos del hospital participaran. Varela no pensaba autorizarlo. Sin embargo, fue el mismísimo Leo quien lo llamó por teléfono. Solo así la cirugía pudo empezar sin contratiempos.
Aquel día, Varela estaba fuera del hospital, pero al recibir la llamada, avisó de inmediato a los jefes de área para que acudieran. No quería perder la oportunidad de aprender algo del legendario Leo.
Jamás imaginó que la cirugía se extendería veintisiete horas sin señales de terminar.
Las palabras del director Varela devolvieron cierta calma a los corazones de los Ávila.
Por lo menos, aunque Melisa no inspirara confianza, dentro seguía habiendo un cirujano prodigio.

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