Uriel se dejó caer al suelo de golpe, con el sudor recorriéndole la frente.
Si se atrevía a transmitir en vivo un baile en el tubo, mañana todo el Real Fortia lo sabría. Su reputación quedaría hecha polvo.
Pero, si no lo hacía, la familia Valdés se iría a la ruina en cuestión de horas.
A su lado, Everardo no pudo evitar que se le escapara una mueca. Ahí estaba, esa era Carolina. Cuando ella quería vengarse, nunca lo hacía como Melisa, que con una golpiza lo daba por terminado. No, Carolina prefería destruir a las personas, arrebatarles el orgullo y dejar que el escándalo los persiguiera hasta que no pudieran ni salir a la calle con la cabeza en alto.
Florencia, al ver a Carolina, palideció tanto que parecía que se le iba la vida. Sabía que la maestra Carolina era amiga de Melisa, pero jamás imaginó que intervendría de esa manera. La influencia de Carolina no era poca cosa; si se metía de lleno, la familia Valdés estaría acabada.
Si la familia Valdés caía, Joaquín la haría responsable a ella. ¿Y ahora qué demonios iba a hacer? Por más que le daba vueltas, no encontraba ninguna solución.
Melisa, en cambio, no mostró ni una pizca de sorpresa. Ya estaba más que acostumbrada a la forma de actuar de Carolina. Aunque, siendo sinceros, la idea de ver a Uriel, con ese cuerpo tan voluminoso, bailando en el tubo... sí que era una imagen difícil de borrar.
—Hermana, ya entendí, por favor perdona a mi papá. Haré lo que quieras, hasta comer porquerías si hace falta, pero suéltalo —suplicó Joaquín, desesperado. No podía permitir que Uriel quedara en ridículo frente a todo el mundo. Si eso pasaba, no solo sería el hazmerreír del círculo social, sino que su propio padre lo mataría a golpes en cuanto regresaran a casa.
Apenas terminó de hablar, Carolina dejó caer su copa sobre la mesa con un golpe seco.
—¿Qué pasa? ¿Acaso mis palabras no tienen peso aquí?
—Bailo, bailo en este instante —masculló Uriel, lanzándole una mirada furiosa a Joaquín. Aun así, apretó los dientes y se puso de pie, dispuesto a humillarse antes que perder todo por lo que había trabajado la familia Valdés. No podía dejar que todo se fuera a la basura.
Justo cuando Joaquín estaba por ceder también, Melisa frunció el ceño y habló con fastidio:
—Ya estuvo, no quiero seguir viendo cosas tan desagradables.
Uriel casi no lo podía creer. ¿De verdad se había librado de bailar frente a todos? Apenas estaba digiriendo la noticia cuando la puerta del club nocturno se abrió de golpe y entró otro grupo de personas.
Una voz aguda y cortante se dejó oír, helando la sangre de todos los presentes:
—Llévenselos. Quiero que no puedan volver a caminar. Y en menos de una hora, la familia Valdés debe estar en la quiebra.
Melisa giró la cabeza hacia el origen de la voz, sintiendo cómo la furia le subía por la garganta.

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