Solo si ganaba dinero podría llevarse a su madre lejos de la familia Orozco.
Marcos arrugó la frente, pero en ese instante Melisa levantó su mano delgada y levantó el mentón de Marcos con un dedo.
—Mírame. ¿Quieres aprender?
Marcos se topó con los ojos de Melisa, esos ojos que parecían atravesar el alma. Pensaba negar, pero sin saber cómo, asintió con la cabeza.
—Quiero.
Al darse cuenta de lo que acababa de decir, se apresuró a corregirse.
—No, no quiero. Prima, yo no tengo para pagar clases.
Melisa apretó un poco más la quijada de Marcos y su voz sonó tajante.
—Acuérdate de esto: si quieres algo, tienes que luchar por ello tú misma. Solo los cobardes se rinden antes de intentar.
—Yo… yo… —balbuceó Marcos, y el miedo terminó por desbordarla. Rompió en llanto, con lágrimas rodando por sus mejillas—. Prima… ¡qué miedo das!
Parecía que la prima se había transformado en alguien irreconocible. ¿Había hecho algo malo?
Melisa se quedó en silencio.
De verdad, ¿acaso daba tanto miedo? ¿De cuándo acá se había convertido en un monstruo capaz de asustar a alguien solo con hablar?
Resopló, soltando la quijada de Marcos.
—¿Por qué lloras? Sabes que te puedo ayudar. Si tienes la oportunidad, ¿por qué no la tomas?
Marcos se quedó pasmada, las lágrimas aún marcando su cara. Tardó un rato en contestar.
—No quiero darte más problemas.
Ya le debía demasiado a Melisa. Si seguía aceptando favores, jamás podría pagarlos.
Sabía que si quería aprender a dibujar, su prima la apoyaría con el dinero, pero no podía aceptarlo. No quería deberle más.
Melisa no pudo evitar reír, una mezcla de frustración y ternura.
—Ya te lo dije: lo que quieras, ve y consíguelo tú. Hay cosas que puedo darte, pero tampoco soy de las que andan regalando todo así nomás.
Sin darle más vueltas, Melisa se puso el casco, subió a la moto y se alejó de la casa de los Orozco.
Marcos se quedó mirando la figura decidida de Melisa mientras se alejaba, sin poder moverse.
¿De verdad era posible luchar por lo que uno quería?
...
Mercado de piedras preciosas.
Carolina ya había llegado, incluso antes de la hora acordada.
—A lo mejor eres tú la que tiene la vara altísima y nada te convence.
Melisa respondió con calma.
—La más valiosa aquí no pasa de cincuenta millones. ¿Eso te parece material bueno?
Carolina abrió los ojos como platos.
¡¿Cincuenta millones y eso no es bueno?!
¿Será que tienes tanto dinero en el banco que ya ni cincuenta millones te emocionan?
La miró, entre resignada y divertida.
Melisa se encogió de hombros.
—Bueno, déjame revisar de nuevo. A ver si encuentro algo que valga todavía más.
La verdad, cincuenta millones no le alcanzaban para lo que tenía en mente.
Quería regalarle a su abuelita un juego de joyas digno de ella. Con ese material, no lograría nada especial.
Ambas siguieron caminando, cuando de pronto una voz chillona sonó detrás de ellas.
—Miren quién está aquí. Si no es la supuesta hija legítima recién recibida por la familia Orozco, Melisa. Oye, dicen que te criaron en un bar de mala muerte, ¿no? ¿A poco ahí también te enseñaron a apostar con piedras?

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