Apenas terminó de hablar, Ricardo se tomó su tiempo para mirar a Melisa de arriba abajo, sin molestarse en disimular el deseo en sus ojos.
—Tú, criada entre chicas de antro, ¿no? Bailar sin ropa debe ser pan comido para ti. Qué suerte la mía, hace rato que no voy a un club nocturno. Mejor hoy me deleito gratis: quiero ver cómo la princesita de la familia Orozco se quita la ropa bailando.
A ojos de Ricardo, Melisa, criada por mujeres de la vida nocturna, seguro no tenía ni idea de apuestas con piedras preciosas.
Si perdía, por supuesto que no se atrevería a cumplir el reto de bailar sin ropa.
Si se atrevía a hacerlo, la vergüenza para la familia Orozco sería tremenda y, seguramente, ellos mismos la echarían de la casa.
Y si no cumplía el reto, Ricardo tendría la excusa perfecta para presionarla a pasar la noche con él.
No importaba cómo se diera la situación: la familia Orozco quedaría por los suelos ante todos.
Quién sabe, hasta podrían terminar corriendo a Melisa por completo.
De paso, él se vengaría de Bruno y Florencia, que tanto lo habían fastidiado.
Además, no podía negar que Melisa tenía un cuerpo que llamaba la atención. Solo de imaginarla bailando para él, se le hacía agua la boca.
Carolina, al principio, se había sorprendido de que Melisa estuviera tan tranquila y hasta dispuesta a seguirle el juego a Ricardo. Pero en cuanto escuchó la propuesta, no pudo evitar soltar la carcajada.
—Vaya, vaya… Mira nada más, esto sí que no me lo esperaba. Es la primera vez que veo a alguien lanzándose al vacío así nomás.
¿Jugar apuestas de piedras con Meli?
¿Y, encima, el que pierda tiene que bailar sin ropa?
De verdad que este Ricardo está mal de la cabeza. ¿Quién se mete en estos líos tan temprano por la mañana?
Melisa también sonrió, pero la suya era una sonrisa tranquila.
—Bueno, va. ¿Cómo quieres hacerlo?
Recordó el consejo de su abuela: resolver las cosas sin recurrir a la violencia. Y sí, tal vez no era tan mala idea.
—Cada quien escoge cinco piedras. El que saque más valor en total, gana —dijo Ricardo, rebosante de confianza.
Después de todo, él llevaba años apostando con piedras. Era su especialidad. Estaba convencido de que tenía la victoria en la bolsa.
Melisa le pidió una pinza para el cabello a Carolina, se recogió el pelo con calma y contestó sin apuro:
—Perfecto, acepto.
De pronto, la mirada de Melisa se volvió gélida.

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