A esta hora, normalmente casi no hay nadie por aquí.
El mercado de piedras en bruto solía llenarse al anochecer.
Pero hoy llegó un lote nuevo, y esos fanáticos de las apuestas con piedras, apenas olieron la noticia, se lanzaron de inmediato.
Por eso, la competencia entre Melisa y Ricardo fue vista por un montón de curiosos.
En ese momento, ya había bastante gente reunida esperando el espectáculo.
Ricardo entregó la piedra que había elegido al cortador.
El cortador, siguiendo las instrucciones de Ricardo, empezó a trabajar.
Cuando la piedra se abrió, un murmullo de asombro recorrió a todos.
—¡Salió verde!
—No por nada dicen que el Sr. Ricardo es un experto. Hasta eligiendo al azar le sale verde, yo llevo dos horas aquí, ya escogí tres piedras y ni una sola me ha dado verde.
—El Sr. Ricardo es cliente frecuente de este mercado, ha gastado más de cien millones apostando con piedras. Si a estas alturas no tuviera buen ojo, todo ese dinero habría sido en vano.
Mientras escuchaba los comentarios a su alrededor, Ricardo levantó la cabeza con altivez, como un pavo real presumiendo su plumaje.
¿Cien millones? Por favor.
Él había gastado muchísimo más en esas apuestas.
Toda su experiencia, la había pagado con billetes, no con suerte.
¿Y Melisa? Una chica que creció en un club nocturno, que seguro solo había oído hablar de las apuestas con piedras por los clientes que pagaban por su compañía. Apostaría a que ni siquiera sabía distinguir las calidades del jade. Y aun así, se atrevía a retarlo.
¿De verdad pensaba que podía ganarle?
Ricardo no entendía de dónde sacaba Melisa esa confianza desmedida.
Que esperara sentada.
Hoy iba a dejarla en ridículo, la haría morder el polvo frente a todos.
Le lanzó una sonrisa desdeñosa a Melisa.
En ese momento, el cortador terminó su trabajo.
Melisa alzó la mirada y echó un vistazo a la piedra recién cortada. Sobre la superficie verde brillaba un resplandor casi hipnótico.
Volvió la vista al frente y contestó con calma:
—Sí, es una pieza muy valiosa, digna de colección.
Hacía mucho que Melisa no pisaba el mercado de piedras. No sabía que la Esmeralda del Infinito ya se cotizaba en quince millones.
Por eso, su cálculo inicial de la piedra de Ricardo no pasaba de los diez millones.
No esperaba que el precio hubiera subido tanto, le falló la jugada.
Sin embargo, aunque la Esmeralda del Infinito era apreciada, su principal valor era para coleccionar.
Pocas personas se atrevían a hacer joyas con ella.
Eso que decían de que si se hacía joyería valdría treinta millones, era claro que no sabían cómo funcionaba el mercado.
Si el valor de la piedra en el mercado superaba su valor real, ningún coleccionista serio estaría dispuesto a comprarla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Verdadera Heredera que Regresó del Infierno