Paulina sabía perfectamente que Vicente lo había hecho a propósito.
A sabiendas de que ella deseaba ese rosario, se lo había arrebatado de las manos.
Podría habérselo entregado a Clara en privado, pero eligió hacerlo frente a todos, justo en sus narices.
Era su forma de decirle: ¿No fuiste tú quien me rechazó? Ahora te toca sentir lo que es que te hagan a un lado.
Al ver cómo Vicente desviaba la mirada con total indiferencia, Paulina confirmó sus sospechas.
Apretó los dientes para evitar que las lágrimas de humillación se derramaran.
Se dio la vuelta furiosa y se alejó con pasos pesados.
Un sonido rompió el silencio; Clara sacó su celular del bolso.
Era Silvia.
—Mamá, ¿a qué hora vas a regresar? Ayer no me terminaste de contar el cuento...
—Si mi bebé todavía no se ha dormido, ¿es porque está esperando a que mami le cuente la historia?
—¡Sí!
Clara apartó el teléfono para ver la hora. Eran las nueve y media de la noche.
Para cuando llegara a casa serían casi las diez.
—Entonces acuéstate bien y tápate, voy a llamar a la señora Tere y te lo cuento desde su teléfono, ¿te parece?
—¡Sí! —respondió la niña, y luego preguntó con una risilla juguetona—. Mamá, ¿estás en una cita con papá?
—No.
—¡Sí!
Ambas respuestas sonaron al unísono. Clara miró a Vicente con furia, le dio un codazo y le lanzó una mirada amenazante para que se callara.
—Mami tiene que colgar. ¡Vayan a su cuarto y acuéstense rápido tú y tu hermano!
Clara se imaginó a los dos pequeños corriendo a la cama a toda velocidad.
Abrió la puerta hacia la terraza y marcó el número de la señora Tere.
—Cierren los ojitos... ¡vamos a seguir! —Las risas infantiles de fondo se fueron apagando lentamente, y Clara retomó la historia donde la había dejado la noche anterior—. El nuevo trabajo de la nube era soplar el fuego de la chimenea. Tenía que volar a una velocidad exacta, ni muy rápido ni muy lento; dar cuarenta y nueve vueltas hacia la derecha y luego cuarenta y nueve vueltas hacia la izquierda...
A lo lejos, Vicente escuchaba a un par de personas tratando de adularlo.
Pero sus ojos solo estaban fijos en aquella silueta iluminada y delicada que destacaba en la oscuridad de la terraza.

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