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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 117

Paulina sabía perfectamente que Vicente lo había hecho a propósito.

A sabiendas de que ella deseaba ese rosario, se lo había arrebatado de las manos.

Podría habérselo entregado a Clara en privado, pero eligió hacerlo frente a todos, justo en sus narices.

Era su forma de decirle: ¿No fuiste tú quien me rechazó? Ahora te toca sentir lo que es que te hagan a un lado.

Al ver cómo Vicente desviaba la mirada con total indiferencia, Paulina confirmó sus sospechas.

Apretó los dientes para evitar que las lágrimas de humillación se derramaran.

Se dio la vuelta furiosa y se alejó con pasos pesados.

Un sonido rompió el silencio; Clara sacó su celular del bolso.

Era Silvia.

—Mamá, ¿a qué hora vas a regresar? Ayer no me terminaste de contar el cuento...

—Si mi bebé todavía no se ha dormido, ¿es porque está esperando a que mami le cuente la historia?

—¡Sí!

Clara apartó el teléfono para ver la hora. Eran las nueve y media de la noche.

Para cuando llegara a casa serían casi las diez.

—Entonces acuéstate bien y tápate, voy a llamar a la señora Tere y te lo cuento desde su teléfono, ¿te parece?

—¡Sí! —respondió la niña, y luego preguntó con una risilla juguetona—. Mamá, ¿estás en una cita con papá?

—No.

—¡Sí!

Ambas respuestas sonaron al unísono. Clara miró a Vicente con furia, le dio un codazo y le lanzó una mirada amenazante para que se callara.

—Mami tiene que colgar. ¡Vayan a su cuarto y acuéstense rápido tú y tu hermano!

Clara se imaginó a los dos pequeños corriendo a la cama a toda velocidad.

Abrió la puerta hacia la terraza y marcó el número de la señora Tere.

—Cierren los ojitos... ¡vamos a seguir! —Las risas infantiles de fondo se fueron apagando lentamente, y Clara retomó la historia donde la había dejado la noche anterior—. El nuevo trabajo de la nube era soplar el fuego de la chimenea. Tenía que volar a una velocidad exacta, ni muy rápido ni muy lento; dar cuarenta y nueve vueltas hacia la derecha y luego cuarenta y nueve vueltas hacia la izquierda...

A lo lejos, Vicente escuchaba a un par de personas tratando de adularlo.

Pero sus ojos solo estaban fijos en aquella silueta iluminada y delicada que destacaba en la oscuridad de la terraza.

—¿Acaso no haces ruido al caminar? ¡Casi me matas del susto!

—Perdón, fue culpa mía —respondió Vicente atrapando su mano—. ¿Ya se te pasó el enojo? Si no, pégame un par de veces más.

Clara le clavó la mirada, retiró la mano y echó un vistazo hacia el salón.

—¿Ya se acabó todo esto? ¿Podemos irnos?

—Vámonos.

Sabiendo que ella detestaba ese tipo de eventos sociales, Vicente le pasó un brazo por la cintura y volvieron a entrar.

Antes de irse, por supuesto, tuvieron que despedirse de Liana. Ella, con una enorme sonrisa, los acompañó hacia la salida mientras comentaba:

—Señora Velasco, veo que le gustan mucho este tipo de vestidos. Conozco a un maestro sastre que ha dedicado toda su vida a confeccionarlos, ¡su trabajo es una verdadera obra de arte! ¿Le gustaría que los presente?

—¿En serio? —Los ojos de Clara se iluminaron—. ¡Te lo agradecería muchísimo, Liana!

Intercambiaron contactos por WhatsApp y Liana le envió la tarjeta del diseñador.

—Recuerde decirle que va de mi parte, ¡él no acepta clientes nuevos si no vienen recomendados!

—¡Claro que sí, lo haré!

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