En la sala de la casa de la familia Soler, Selena tardó tres segundos en procesar que era Clara.
Al darse cuenta de que su mamá acababa de llamarla, miró de reojo hacia la habitación principal y respondió con una voz aún más dulce.
—Hermana, mamá está en el jardín trasero. En un rato le digo que te regrese la llamada, ¿te parece?
Total, Clara y su madre no eran cercanas.
Esa llamada era solo una pequeña interrupción antes de salir de casa, y bien podría olvidarse de mencionarlo.
Clara nunca iría a quejarse, por lo que su madre nunca se enteraría.
Y aunque se enterara, su madre no la regañaría por eso.
Eso creía Selena.
Pero la voz del otro lado sonó aún más amenazante.
—Selena, ¡no me obligues a ir a partirte la cara! Te doy tres segundos. Si mi mamá no toma el teléfono ya mismo, ¡espérate sentada a que llegue a matarte!
¿Qué?
¿Acaso estaba loca?
¿Cómo se atrevía?
Selena se quedó pasmada; apenas podía creer lo que estaba escuchando.
—... ¡Uno!
Sin decir el tres ni el dos, Clara gritó un fuerte uno y colgó el teléfono de golpe.
Escuchando el tono de línea muerta, Selena imaginó a Clara, explosiva como un petardo, pisando el acelerador a fondo para venir a armarle un escándalo.
Inmediatamente gritó.
—¡Mamá, mi hermana te busca...!
—¿Eh? ¿Clara regresó la llamada?
La puerta de la habitación principal se abrió y Yolanda Valdés, con un arete puesto y el otro en la mano, salió luciendo muy sorprendida.
Cuando tomó el teléfono, parecía que del otro lado se habían cansado de esperar y habían colgado.
Yolanda marcó de inmediato.
Contestaron al primer tono.
—Mamá...
A Yolanda se le cortó la respiración y se quedó paralizada.
Desde que Clara volvió a la familia, nunca había sido cercana a ellos.
De cada diez veces que iba de visita, nueve terminaban en pelea.
Y cuando se casó, los encuentros entre madre e hija se volvieron aún más escasos.


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