Una suave sensación se posó sobre su muñeca.
Al bajar la mirada, Vicente vio una mano de porcelana.
La piel de Clara era suave y fresca al tacto. Se aferraba a su brazo con tanta fuerza que sus uñas, pintadas de un rosa sutil, se tornaban blancas por la presión.
No se parecía en nada a la mujer que, apenas unos instantes antes, exigía el divorcio con total soltura.
Cuando volvió a levantar la vista, vio que Clara lo fulminaba con la mirada.
Ella se bajó del taburete alto y se agachó frente a los dos pequeños, preguntándoles con una voz cargada de ternura:
—Mamá va a ir a visitar a los abuelos mañana. ¿Andrés y Silvia quieren venir conmigo?
Podía sentir la mirada de Vicente sobre ella; unos ojos divertidos que parecían burlarse de su repentina actitud de madre abnegada.
Clara fingió no darse cuenta.
—¿Andrés?
El niño dudó un segundo antes de negar con la cabeza.
El abuelo solía gritar mucho.
La abuela era ruidosa, siempre persiguiéndolos y repitiendo sus nombres sin parar.
Además, estaba ese tío que lo miraba como el lobo feroz, y la tía menor, que siempre llevaba puesta una sonrisa tan falsa como una máscara.
A Andrés no le gustaba la familia Soler.
—No quiero ir.
El corazón de Clara se hundió un poco. Volteó a ver a la niña.
—Silvia, mi amor, ¿tú sí quieres acompañar a mamá?
La pequeña no dejaba de mirar a su hermano. La indecisión estaba escrita en toda su carita; quería ir, pero a la vez no.
Clara le tomó la manita y la balanceó con suavidad.
—Ándale, ve conmigo... Mamá se va a sentir muy solita. Además, la abuela siempre pregunta por ti, y también por Andrés...
Luego, Clara se giró y le sacudió el bracito a su hijo.
—Mira, Silvia sí tiene muchas ganas de ir. Tú eres el hermano mayor, el hombrecito de la casa. Tienes que proteger a mamá y a tu hermanita, ¿no crees?
Silvia se apresuró a abrazar a su hermano, sacudiéndolo con entusiasmo.
—¡Sí, Andrés, vamos, vamos!
—Está bien...
El pequeño Andrés finalmente cedió.
Silvia dio un saltito de alegría y lo abrazó más fuerte.
—¡Eres el mejor, Andrés!
Ambos se tomaron de la mano y se alejaron corriendo hacia la zona de juegos, ágiles como dos monitos.
Clara se puso de pie, topándose de frente con la mirada risueña de Vicente.
—¿No me vas a preguntar a mí?
No hubo respuesta verbal.
Solo otra mirada fulminante.
Un relámpago iluminó el inmenso ventanal, seguido por el sonido torrencial de la lluvia golpeando los cristales.
Clara parpadeó, volviendo a la realidad. Se dio cuenta de que ya pasaban de las nueve de la noche.
Fue a la habitación de los niños; ambos ya estaban profundamente dormidos.
El pequeño tempano de hielo dormía en una postura perfectamente recta.
En cambio, Silvia abrazaba a su dinosaurio de peluche favorito y, quién sabe qué estaba soñando, chasqueaba los labios con una sonrisa dulce.
Tenía que admitirlo: ser madre sin haber tenido que pasar por el sufrimiento del parto era una maravilla.
Clara se inclinó y le dio un sonoro beso a Silvia en la mejilla. Caminó hacia la puerta, pero se detuvo. Regresó a la cama de Andrés, se inclinó y le dio otro beso igual de sonoro.
¡Nada de favoritismos!
¡Era una excelente madre!
Salió de puntillas de la habitación infantil.
La lluvia torrencial había lavado los jardines exteriores, dejando un verde tan intenso que incluso en medio de la noche se veía espectacular.
Clara se sentó junto al ventanal con un té de jengibre que le había preparado la señora Lana, disfrutando del paisaje durante un largo rato.
La dueña original del cuerpo odiaba que la Mansión de la Colina estuviera tan lejos del centro. Decía que parecía una casa embrujada, que le faltaba vida y que era un fastidio manejar más de media hora para ir a la ciudad.
Para Clara, era todo lo contrario.
Era un rincón de paz en medio del caos, un lugar de absoluta elegancia.
La mansión tenía su propia sala de cine y gimnasio. Un proveedor les dejaba frutas y verduras frescas de madrugada, y cada temporada de moda, las boutiques exclusivas enviaban ropa a domicilio para que ella eligiera primero.

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