De siete de la mañana a siete de la tarde, la entrada de camiones de carga pesada a las vías principales de la ciudad estaba estrictamente prohibida.
Ese camión en particular calculó el tiempo a la perfección, ingresando a la ciudad exactamente a las siete en punto.
En las grabaciones de las cámaras del sector oeste, se veía al conductor cabeceando constantemente frente al volante, como si estuviera al límite del cansancio. Mientras esperaba en el semáforo, incluso abrió una bebida energizante para intentar mantenerse despierto.
Luego, justo un segundo antes de que la luz verde cambiara a amarilla, pisó el acelerador a fondo.
Clara reaccionó en un instante. Pisó el acelerador de su auto y salió disparada hacia adelante.
El camión apenas rozó la parte trasera de su vehículo.
El auto que venía detrás de ella no tuvo tanta suerte. Salió despedido a más de diez metros, volcando estrepitosamente sobre el camellón que dividía la avenida.
El teléfono sonó.
Vicente contestó la llamada. Al otro lado de la línea, tras un breve saludo formal, la voz fue directo al grano:
—Señor Velasco, ya terminamos de tomar las declaraciones y realizar el peritaje. Fue un error de conducción provocado por fatiga extrema. Se descarta cualquier intento de sabotaje intencional.
—Entendido. Gracias por su trabajo —respondió él con voz grave.
Colgó el teléfono y se quedó mirando fijamente la imagen congelada del Ferrari rojo en la pantalla de su computadora. Su mente se quedó en blanco por un instante.
¡Por un pelo!
¡Literalmente faltó un segundo!
Si Clara hubiera tardado un segundo más en reaccionar, el Ferrari no solo habría salido volando por los aires, sino que Silvia y Andrés, que iban en los asientos traseros, habrían resultado gravemente heridos.
Especialmente Silvia.
Ella iba en la sillita del auto del lado derecho, exactamente el punto que habría recibido el peor impacto. ¿Cuáles habrían sido las consecuencias?
Tres golpes suaves en la puerta interrumpieron sus pensamientos.
Vicente se enderezó en su silla.
—Adelante...
La puerta se abrió y Clara asomó la cabeza.
—Vicente, ¿puedo pedirte un favor personal? ¿Usar un poco mis influencias como tu esposa?
—Dime...
—Es sobre Teresa Téllez. La mamá que se quedó esperando conmigo en el parque de diversiones el otro día. Es abogada, está buscando trabajo, y le dije que enviara su currículum a tu empresa...
Clara observó rápidamente la expresión de Vicente y se apresuró a explicarse:
—No te estoy pidiendo que la contrates obligatoriamente. Solo quería ver si podías...
—¿Darle una oportunidad de entrevista y que demuestre si tiene la capacidad para quedarse con el puesto? —la interrumpió él.
Clara asintió enérgicamente, como un pájaro picoteando alpiste.
—¡Exacto!

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