En la inmensa cama principal de la Mansión de la Colina, Clara daba vueltas de un lado a otro.
¡Estaba demasiado emocionada como para dormir!
¡10 millones!
¡Y cada mes!
Si este era el trágico destino de la villana secundaria de la historia, estaba más que dispuesta a quedarse atrapada en este maldito libro por una eternidad.
¡O diez mil años!
Se puso a contar con los dedos todas las formas en las que iba a gastar ese dinero.
Pero en pleno ataque de euforia, recordó el catastrófico final que la esperaba, y la realidad le cayó como un balde de agua fría.
De nada servía tener todo ese dinero si no iba a estar viva para disfrutarlo.
¿Cómo diablos voy a sobrevivir si salto desde el piso 99?
Y lo peor de todo: tenía que llevar a Andrés con ella.
«Andrés, mi amor, vamos al piso 99 a ver las estrellas...»
Clara estaba cien por ciento segura de que si se atrevía a decir algo así, su pequeño témpano de hielo la fulminaría con la mirada y le diría: Mujer tonta, ¿qué clase de trampa me estás tendiendo ahora?
¡Ah, qué dolor de cabeza!
Siguió dando vueltas en la cama hasta que, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida.
Abrió los ojos con la luz del día, despertada por el incesante zumbido de su celular.
—¡¡¡Clara!!!
Al contestar, el grito eufórico del otro lado de la línea espantó cualquier rastro de sueño que le quedara.
Teresa estaba que no cabía en sí de la emoción.
—¡Pasé la entrevista para el departamento legal de la empresa de Vicente! ¡Empiezo el lunes!
¿Qué?
¿Tan rápido?
Clara se sentó en la cama de golpe.
—¡Teresa, muchas felicidades!
—¡Amiga, no te imaginas lo feliz que estoy! —La voz de Teresa vibraba de alegría—. ¿Tienes tiempo? ¡Te invito un café ahora mismo!

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