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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 66

—Selena vio un bolso de diseñador que le gustó mucho y le faltaban cien mil para comprarlo, así que se los di.

¿Le dio cien mil a Selena y por eso le transfería diez millones a ella?

Clara soltó una carcajada incrédula.

—¡Gracias, mamá!

Aún no le había pagado el anticipo a Tristán, pues pensaba esperar a que llegara el primer pago de la pensión alimenticia, pero con esto el problema estaba resuelto.

Clara hizo la transferencia de inmediato.

La respuesta no tardó en llegar: [¡Gracias, jefa!]

Era la primera vez en su vida que alguien la llamaba «jefa».

La sensación era maravillosa.

Clara le escribió a Tristán: [Oye, ¿el Estudio Zero Frame acepta socios inversionistas? Del tipo que solo pone el dinero y recibe dividendos sin meterse en su trabajo.]

Tristán: [¿Quieres que te salga gratis nuestro servicio?]

Clara: [...Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa. ¡Sé diferenciar perfectamente entre una inversión y un gasto!]

Tristán: [Le pregunto al jefe y te aviso.]

¿Hay esperanza?

Pensar que en el futuro cercano podría enterarse de los chismes más jugosos de la alta sociedad y además recibir una suma fuerte de ganancias a fin de año...

Clara sintió una profunda ilusión por el futuro.

Incluso soñó que estaba contando fajos de billetes.

Cuando sonó la alarma, Clara se sentó de golpe, desorientada. ¿Para qué se había puesto una alarma a esa hora de la madrugada?

Al lavarse los dientes, el fuerte sabor a menta le refrescó la memoria.

¡Hoy tenía que ir a la oficina de Vicente a provocar un desastre!

—Señora Lana, ¿Vicente tiene alguna alergia alimenticia o algo que no coma?

—Señora, ¿le va a preparar la comida al señor...? Sí, sí... al señor no le gusta el cilantro, ni la cebolla, y casi no come cosas picantes...

Como no sabía que estaban en trámites de divorcio, la señora Lana pensó que Clara finalmente había recapacitado y quería convertirse en la esposa perfecta. La alegría hizo que se le marcaran aún más las arrugas al sonreír.

Clara sacó a todos de la cocina, preparó ágilmente tres platillos y una sopa, y los empacó en una elegante lonchera térmica.

—Julián... —Clara llamó por teléfono al asistente desde su auto—. No te preocupes por pedirle el almuerzo a Vicente hoy, yo misma se lo llevo. Llego en media hora. ¡Por favor avísales a los de recepción que me dejen pasar!

¿Qué?

Recibir una llamada de la esposa de su jefe fue el primer infarto.

Que dijera que le llevaba el almuerzo fue el segundo.

El tercero... ¿Iba a ir a la oficina?

Los traumas del pasado invadieron el cuerpo de Julián. En su cabeza empezaron a sonar alarmas de emergencia a todo volumen.

¡Era el fin del mundo!

Julián bajó corriendo a recibirla.

Cuando la puerta se cerró, Vicente se quedó mirando la brillante luz del sol a través del ventanal, sumido en sus pensamientos.

Primero firma el acuerdo y luego propone la separación.

Y ahora, ¿qué más tramaba Clara?

¿Quería que fueran juntos al registro civil?

Pero anoche le había dicho que no tenía prisa, que esperaría a que él le avisara.

Entonces, ¿hacer todo ese circo para ir a la oficina solo para llevarle comida?

Vicente no se lo tragaba.

En el estacionamiento del primer piso, Clara salió del auto y levantó la mirada hacia el imponente edificio.

Bajo el sol brillante, la torre de cristal de las Empresas Velasco reflejaba tonos azules y oscuros, irradiando lujo y poder.

Al recordar los berrinches y escándalos que la versión original de su personaje había montado en ese lugar tan prestigioso, sintió una profunda vergüenza.

Sabía que al entrar, todos en el vestíbulo empezarían a murmurar y a mirarla de reojo.

Clara sentía ganas de taparse la cara.

Pero... ¡ya estaba ahí!

Respiró profundo, se puso sus enormes lentes de sol, curvó los labios en una sonrisa encantadora, tomó la lonchera térmica y cruzó las puertas de cristal.

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