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LA VILLANA QUE HUYÓ DE SU FINAL romance Capítulo 69

—¿No viniste a preguntar por Andrés?

Vicente se acercó, abrió un cajón de su escritorio, sacó unas llaves de auto y se las entregó a Clara.

—El auto tiene el GPS configurado, y el portón de seguridad del fraccionamiento así como la pluma del estacionamiento subterráneo tienen el registro de las placas. Puedes llevar a Silvia para que vaya a visitarlo.

¡Guau!

Trajo un almuerzo y se llevó un auto.

Esa respuesta de «ya veremos cómo amanezco de humor» había sido un error de novata.

Clara estiró la mano para tomar las llaves.

Toc, toc.

Alguien volvió a llamar a la puerta. Julián entró, mirando a Vicente con una mezcla de horror y pánico, como si quisiera decir algo pero no se atreviera.

Vicente levantó la vista.

—¿Qué pasa?

—Señor... —Julián tenía una expresión de absoluto espanto—. ¡La señorita Paulina está aquí!

¡Virgen santa, esto va a ser un campo de batalla en plena hora del almuerzo!

En el pasado, cuando la vida de Vicente era tranquila y sin contratiempos, bastaba con que su esposa viniera a la oficina para que encontrara excusas absurdas para armar un escándalo: que si la falda de la recepcionista era muy corta, que si su maquillaje era muy exagerado, que si había demasiadas mujeres trabajando en la zona de presidencia...

Y ahora, la mismísima rival amorosa, la mujer perfecta en la que Vicente siempre pensaba, acababa de llegar.

¡Y justo después de que la prensa hubiera estado recordando su «hermosa historia de amor» en las noticias!

¿Qué nivel de locura destructiva iba a desatar la señora?

Ni siquiera se habían visto las caras y Julián ya estaba al borde del colapso nervioso.

Vicente sintió que le arrebataban las llaves de la mano.

—Bueno, yo ya me voy. No interrumpo su reencuentro.

Clara le arrebató las llaves del auto a Vicente, dio media vuelta y caminó a paso rápido hacia la salida.

La oficina de Vicente estaba en el último piso. Si Julián acababa de tocar la puerta para avisar, Paulina apenas debía estar subiendo al elevador.

Seguro iba por la mitad del edificio.

Si caminaba lo suficientemente rápido, no se cruzarían.

Si no se cruzaban, Vicente no se vería envuelto en un drama.

Si Vicente no tenía problemas, ella no tendría que fingir un ataque de celos ni armar un berrinche.

Si el jefe todopoderoso estaba de buen humor, ¡quién sabe qué otro premio podría conseguir la próxima vez que le trajera el almuerzo!

Clara ya había dejado clara su postura desde la última vez que vio a Paulina.

Tú quédate con tu papel de protagonista sufrida y perfecta.

Y yo me quedo con mi papel de exesposa villana.

Tú eres la protagonista de tu novela.

Pero yo soy la protagonista de mi propia vida.

No te metas en mi camino y yo no me meteré en el tuyo.

Por supuesto, todo bajo una simple condición: que no intentara aprovecharse para dejarla como la mala del cuento.

El plan de Clara era impecable.

Pero apenas su dedo rozó el botón para llamar al elevador...

Las puertas del elevador contiguo se abrieron, y Paulina, enfundada en un inmaculado vestido de diseñador blanco, salió al pasillo.

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