Suburbios del oeste, Santuario de las Mil Bendiciones.
En el centro del salón principal, la estatua sagrada miraba con compasión a los devotos que habían venido a rendir homenaje.
Vestida con ropas sencillas, Paulina estaba arrodillada con la espalda recta, aunque sus labios habían perdido todo su color.
Con cada ráfaga de viento, parecía a punto de desmayarse.
—¡Paulina!
El sonido cortante del viento trajo consigo esa voz fría y grave.
Sus párpados temblaron, y en los ojos decaídos de Paulina por fin brilló una luz.
Una sombra larga la cubrió, y un característico aroma a pino fresco se mezcló con el olor del incienso que la rodeaba.
Vicente apareció a su lado y la levantó de un tirón.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¿Acaso tienes idea del tiempo que llevas desaparecida?
—¡Vicente! —Paulina puso cara de sorpresa y desconcierto—. ¿Qué haces aquí?
La vista se le nubló, y tuvo que agarrarse de su brazo para no perder el equilibrio.
Vicente tensó el brazo para sostenerla.
Paulina soltó su agarre de forma natural y lo miró con los ojos llenos de tristeza.
—¡Vicente, vine antier a pedir por la anciana Velasco!
Vicente se quedó pasmado un momento. Al girarse, notó la veladora perpetua más grande y brillante de todo el altar.
Un listón rojo ondeaba suavemente con el viento. La frase «Deseando salud y larga vida para la anciana Velasco» estaba escrita con trazos firmes y elegantes.
—Esta señorita llegó antier. Se purificó, oró y realizó un ayuno de 48 horas. Ha estado rezando con gran devoción para demostrar su sinceridad —comentó un anciano encargado del lugar, con una expresión de profunda bondad.
Vicente frunció el ceño.
A Paulina se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Vicente, tenía tanto miedo. Miedo de que algo malo le pasara a la anciana Velasco, y que hubiera una persona menos en el mundo que se preocupara por ti... No sabía qué más podía hacer, así que solo...
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Paulina bajó la cabeza para secárselas y luego extendió la mano para empujarlo levemente.
—No te preocupes por mí. En poco más de una hora termino. ¡Estoy bien!
Dicho eso, Paulina volvió a arrodillarse sobre el cojín.
Vicente levantó la mirada hacia la estatua.
Desde que tenía memoria, las únicas personas que le importaban eran sus abuelos y su hermano.
Más tarde, su abuelo falleció y su hermano se fue al extranjero a estudiar. En su vida, la única persona a la que no le importaba si él era una figura importante, sino simplemente si dormía bien o si era feliz, era su abuela.


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