Su lado racional le decía a Vicente que debía decirle que sí la amaba, y rápido.
Pero esa palabra le resultaba tan ajena que no pudo pronunciarla.
Vicente se quedó en silencio por un segundo.
Clara soltó una carcajada.
—Entonces estamos a mano. ¡Yo tampoco te amo!
Vicente soltó un suspiro de alivio.
Pero entonces vio a Clara negar con la cabeza.
—Pero, Vicente, esto no debería ser así... Una familia feliz y un buen matrimonio no deberían ser así.
—Yo quería una vida llena de comodidades, y tú tenías el dinero para dármela.
—Yo podía darte un par de niños adorables y juntos podíamos formar una sociedad de convivencia.
—Hacia afuera, nos tratábamos con respeto, y en privado, nos entendíamos bien en la cama.
Vicente asintió.
Clara habló con tono firme:
—Una vida así, y una mujer dispuesta a aceptarla, las puedes conseguir en cualquier esquina.
—No importa el nombre de la mujer que escojas.
—Pero yo soy Clara Quintero, no soy cualquier mujer que puedas reemplazar. Y no quiero ser una más del montón que simplemente cumple tus requisitos.
—Quiero que, cuando te estreses en el trabajo, pienses que estoy en casa esperándote, y que esa idea te emocione por volver.
—Quiero que, cuando veas llover, te preguntes si salí de casa con paraguas.
—Quiero que, cuando veas a una viejita vendiendo flores de camino a casa, sientas el impulso de comprarme un ramo, aunque no sea el más caro del mundo...
—Si yo no soy esa persona para ti, entonces lo siento mucho, ¡pero no quiero seguir en este matrimonio!
—Para ti, yo puedo ser la esposa ideal.
—¡Pero para mí, esta no es la vida que quiero!
Vicente soltó la mano de Clara bruscamente.
Sin sorprenderse en absoluto, Clara abrió la puerta y salió del coche.
Unos diez minutos después, ambos regresaron al vehículo.
En la mano de Clara había dos comprobantes de solicitud de divorcio.
Vicente había vuelto a ser el témpano de hielo de siempre, como si el hombre que le había rogado que no se separaran hace un instante hubiera sido una ilusión.
Clara solo sintió un inmenso alivio.
—Voy a quedarme con los dos comprobantes. El próximo mes, te avisaré con tres días de anticipación... No, mejor le escribo a Julián con una semana de anticipación para que te aparte el espacio en la agenda. Así venimos juntos a firmar el acta final.

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