Pero antes de que pudiera analizar si eso era bueno o malo, la señora le pidió que también llevara la identificación y el acta de matrimonio.
¡Confirmado, sí se divorciaban!
Julián sintió una inmensa alegría. Al fin todo se había resuelto tal y como el jefe quería.
Ya no habría una esposa histérica revisando todo en la oficina ni armando escándalos. El estado de ánimo del jefe no iría de mal en peor, y todo el equipo de secretarios disfrutaría de una paz duradera. ¡Era el mejor escenario posible!
Pero ahora que ya habían hecho los trámites... ¿por qué el jefe tenía cara de querer matar a alguien?
Sin atreverse a mirarlo a los ojos ni a sacar conclusiones, Julián acomodó cuidadosamente las carpetas en el escritorio.
Se dio la vuelta para salir.
—Julián...
—¡Sí, señor!
—¿Cómo es que nunca me di cuenta de lo obediente que eres?
Julián levantó la vista.
La mirada de Vicente era tan fría como el filo de un cuchillo.
—Si un día de estos nuestra competencia te da un arma, ¿también me apuñalarías por la espalda sin dudarlo?
¿Qué? ¿Eh?
Julián entendió a qué se refería.
—Pero... pero la señora dijo...
En cuanto dijo eso, supo que había metido la pata.
Había sido idea de ella, y él había obedecido.
Seguro el señor Velasco le diría: Cualquier persona puede decir que es una orden mía, ¿acaso le vas a hacer caso a todo el mundo?
Julián bajó la cabeza, admitiendo su error.
—¡Jefe, lo siento mucho!
El celular sonó.
[Tienes un nuevo mensaje de WhatsApp de Clara.]
Vicente tomó el teléfono.
Cuando alzó la vista, se topó con la mirada de Julián.
Reprimiendo su furia, espetó:
—¿Qué esperas para largarte?
—¡Enseguida!
Julián salió corriendo.
Vicente abrió el mensaje en WhatsApp.
[¡Dinero recibido! ¡Gracias por ser tan generoso, señor Velasco!!!]
No había ninguno de los memes que solía enviar.
Pero esos tres signos de exclamación hacían que casi pudiera ver su rostro expresivo y lleno de vida a través de la pantalla.


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