A Nelson no le gustó que su respetado profesor lo juzgara así y replicó instintivamente:
—¿Por qué dice que no tengo conciencia? ¿Acaso no la trato bien? ¡Usted no tiene idea de lo que hizo esta noche!
Gonzalo soltó un bufido. Si no fuera por el teléfono, probablemente estaría gritándole a Nelson mientras le jalaba la oreja.
—¡Si todavía te queda algo de conciencia, cuídala como es debido! ¡No olvides que está así por tu culpa! ¡Aunque no se hubieran casado, tienes la obligación de cuidarla por el resto de su vida! —Y sin más, colgó.
Nelson arrojó el celular a un lado, sintiendo que le estallaba la cabeza.
Cuando regresó a la habitación para descansar, no pudo conciliar el sueño. Daba vueltas en la cama, perdido en sus pensamientos.
***
A la mañana siguiente, Ivana se levantó de la cama de un salto.
Al ver que ya había amanecido, se sintió terriblemente frustrada. Tenía trabajo pendiente que planeaba terminar anoche al llegar a casa.
«Maldita pastilla», pensó, de malas. «Me noqueó.»
En diez minutos, se vistió, se lavó la cara y los dientes. Ni siquiera se lavó el cabello. Sacó su computadora y se puso a trabajar a toda prisa.
Cuando el desayuno estuvo listo abajo, Leandra subió a llamarla.
—Señora, ya está el desayuno.
Ivana miró el trabajo que apenas había comenzado y decidió cerrar la computadora. Había un momento para trabajar y un momento para comer; intentar hacer ambas cosas a la vez solo reduciría su eficiencia.
La mesa, como siempre, estaba repleta de platillos, la mayoría de sus favoritos.
Ivana solo se había concedido cinco minutos para comer, así que tomó los cubiertos y empezó a llevarse la comida a la boca apresuradamente. Se tragó el primer bocado casi sin masticar para dar paso al segundo.
Nelson, sentado frente a ella, notó que solo comía de un plato y le acercó los demás.
—Come más despacio, vas a terminar atragantándote. ¿Qué traes, o qué?
Ivana suspiró y, en silencio, redujo la velocidad con la que comía.
Cuando se cumplieron los cinco minutos, dejó los cubiertos de inmediato.
Al ver que, aunque le había hecho caso, solo había comido medio plato, el rostro de Nelson se ensombreció.
Justo como sospechaba, vio a Ivana arrojar algo por la ventana del coche antes de arrancar. El objeto trazó una parábola y cayó directamente en el bote de basura.
Cuando Nelson llegó, rebuscó un momento y encontró el reloj que le acababa de dar.
Por un instante, sintió una punzada de amargura. Luego, extrajo el dispositivo de localización que estaba oculto en la parte trasera del reloj.
Las instrucciones indicaban claramente que el reloj tenía función de teléfono satelital. Incluso si su celular se quedaba sin batería, podría pedir ayuda.
En ese momento, su teléfono sonó.
Nelson, que no había dormido bien, se sentía agotado.
—¿Diga?
Era la voz de Yadira, recordándole que pasara a verla cuando fuera al hospital. Su tono era claramente de reproche, seguramente por lo de la noche anterior.
Nelson, por supuesto, no podía negarse. De todos modos, tenía que ir a trabajar.
En la habitación del hospital, Yadira cuidaba a su hijo. El niño, que ya llevaba un tiempo internado y estaba harto de tomar medicinas amargas, hoy se había puesto de mal humor y se negaba a que le pusieran la inyección.

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