Yadira no dejaba de consolarlo, pero ella tampoco estaba de buen humor. El recuerdo de la noche anterior, la imagen de Ivana lanzándose sin pensarlo dos veces, seguía apareciendo en su mente. Incluso al dormir, creía escuchar el chirrido ensordecedor de los neumáticos sobre el asfalto.
Por eso, al intentar calmar a su hijo, había un dejo de impaciencia en su voz.
—Jaime, por favor, coopera con la enfermera.
Justo en ese momento, llegó Nelson.
Yadira se acercó a él cojeando.
—Nelson, ¿qué hago? ¡El niño no quiere que le pongan la inyección!
Nelson le miró la pierna.
—¿No dijo Adán que no era nada grave?
Una extraña emoción cruzó la mirada de Yadira.
—Supongo que me dejó algo de trauma psicológico. Pero no importa cómo esté yo, ¡ven a ver al niño!
Nelson se acercó directamente y, junto con la enfermera, comenzó a hablarle al niño en voz baja para calmarlo.
Yadira observaba su paciencia con una mirada de adoración casi inconsciente, y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Jaime, si te portas bien y dejas que te pongan la inyección, ¡nos podremos tomar una foto con el Dr. Zavala!
Nelson la miró, extrañado.
El niño en la cama se emocionó visiblemente.
—¿De verdad? ¡Así tendremos una foto de los tres, como una familia!
Antes de que Nelson pudiera decir algo, Yadira se acercó y le tiró suavemente de la ropa.
—Es lo único que pide el niño, por favor, acepta. Es solo una foto, y así cooperará para la inyección.
Al ver que Nelson no asentía de inmediato, el niño rompió a llorar.
—¡Mamá mentirosa! ¡Váyanse todos! ¡Largo!

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