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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 167

Luego, volvió a tomar el celular de ella de la mesita de noche y revisó, uno por uno, sus historiales de chat.

Mientras lo hacía, se topó con su propia conversación.

Entró y vio que su último intercambio había sido hacía mucho tiempo.

[¿Estás en el hospital?]

Él nunca respondió a esa pregunta y, después de eso, ella jamás volvió a escribirle.

Quizás fue la quietud de la noche lo que lo hizo recordar la primera vez que intercambiaron contactos.

Ivana solía ser voluntaria en el hospital, por lo que a veces cruzaban algunas palabras.

Pero en aquel entonces, Nelson solo tenía una vaga impresión de ella; ni siquiera recordaba su nombre. Hasta que un día, en una cena de convivencia…

Mientras todos platicaban, ella de repente sacó su celular y, con decisión, comenzó a agregar a todos los presentes, hombres y mujeres por igual.

Cuando llegó al último, se dirigió hacia él.

La vio acercarse, con los dedos aferrados al celular con tanta fuerza que las yemas se le habían puesto blancas.

—Nelson, ¿verdad? ¡Hola, me llamo Ivana!

Él asintió, cortés pero distante.

—Hola. ¿Necesitas algo?

Las puntas de las orejas de la chica se tiñeron de un ligero rojo.

—Alguien sugirió que hiciéramos un grupo para mantenernos en contacto, ya que todos somos voluntarios. ¡Para facilitar la comunicación!

Él enarcó una ceja.

—Ah, ¿y?

Su expresión se tornó extraña de repente. Levantó su celular, mostrando su perfil, y dijo con voz entrecortada:

—¿Qué tal si… nos agregamos? Digo, ¡todos los demás ya lo hicieron!

Luego, enfatizó a propósito:

—Ya que estamos en esto, ¿no? ¡Sin segundas intenciones, para nada!

Pero no pudo ocultar el pánico que brilló por un instante en sus ojos.

Él la observó, de pronto divertido. La pobre estaba tan nerviosa que apenas podía hablar, pero aun así se esforzaba por mantener la compostura.

Con una leve sonrisa, dijo:

Con cierta irritación, deslizó el dedo y volvió a fijar su propia conversación en la parte superior.

Después, se levantó en silencio y bajó las escaleras, con la intención de ir a la Calle de San Rafael.

Normalmente, el chofer lo llevaba cuando salía de noche, pero hoy Nelson quería estar solo, así que le dijo a Lionel que se fuera a descansar.

Se quedó un buen rato solo en el carro. La frustración, como una enredadera, se aferraba a cada uno de sus pensamientos, impidiéndole concentrarse para trabajar.

Las palabras que Ivana le había dicho ese día todavía lo atormentaban como un cuchillo sin filo.

¡Que no merecía ser su esposo!

Entonces, ¿quién lo merecía?

Del espejo retrovisor colgaba un adorno con una pequeña foto.

En ella aparecían dos adolescentes, con una diferencia de unos cuatro o cinco años y un ligero parecido físico.

Uno usaba lentes y tenía un aire muy gentil; el otro, con un cigarro en la boca, miraba al mundo con total arrogancia.

Nelson observó la foto durante un largo rato y finalmente la movió con el dedo.

—Dime, ¿acaso no la trato bien?

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