—Quién sabe qué clase de magia usó Yadira para convertir a este cabrón de un bala perdida a un hombre tan educado y cortés como lo es hoy.
Todos soltaron una exclamación de asombro y miraron con incredulidad primero a Yadira y luego a Nelson.
Lo de esos dos parecía sacado de una novela: él, el que se enderezó; ella, la que lo sostuvo cuando se estaba cayendo.
Con razón desde la universidad todos querían verlos juntos, ¡esperando que su historia tuviera un final feliz!
—¡Qué lástima! Yadira, te esforzaste tanto en moldear al novio perfecto y al final se lo regalaste a otra mujer. ¿De verdad estás en paz con eso?
Pero Yadira, de repente, puso una cara muy seria.
—No digan esas cosas. No importa lo que Ivana me haya hecho en el pasado, la verdad es que ella recibió esa puñalada por Nelson. Ya que están casados, ¿no creen que hablar así pone a Nelson en una situación difícil?
Pero mientras más comprensiva se mostraba, más negaban todos con la cabeza, suspirando con lástima.
Miraron a Nelson, quien, por pagar una deuda de gratitud, tuvo que casarse con una mujer que no amaba.
Luego miraron a Yadira, tan considerada y tolerante, capaz de entender sus acciones aunque no pudiera tenerlo.
Eran la pareja perfecta, ¿cómo terminaron separados?
Al parecer, toda la culpa era de Ivana, ¡la tercera en discordia que arruinó su relación!
De repente, el elevador sonó y un joven con un uniforme negro de mensajería entró.
—¿El señor Zavala está aquí? ¡Tiene un paquete! Necesito que me firme de recibido, por favor.
El repartidor cubría esa zona y, como Nelson recibía documentos con frecuencia, ya se conocían de vista.
Nelson lo tomó, le dio las gracias y, sin ver quién lo enviaba, lo abrió.
Nadie le dio importancia y siguieron platicando animadamente.
Yadira no esperaba que le gritara frente a tanta gente. Se quedó paralizada, con los ojos enrojecidos.
Adán, al ver la situación, frunció el ceño y miró a Nelson.
—¿Qué, alguna cirugía salió mal y te llegó una citación del juzgado?
Con eso, intentaba salvar la situación para Yadira.
Sin embargo, a Nelson no pareció importarle. Solo miraba el documento rasgado en sus manos, confirmando una y otra vez las palabras escritas en él.
La respiración se le descompuso y la cara se le fue deslavando hasta quedar con un gesto enfermo, tenso.
Esa mujer… esa mujer…
¿Cómo se atrevía?

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