Al día siguiente, Nelson solo tenía una cirugía por la mañana, así que por la tarde se reunió con unos amigos para comer.
No muy lejos, en el restaurante de abajo del hospital.
Después de todo, la mayoría de sus conocidos eran médicos y siempre tenían que estar listos para ser llamados a urgencias.
Como todos eran colegas de la misma profesión, los temas de conversación eran variados: anécdotas vergonzosas de la universidad y casos clínicos complejos que habían encontrado recientemente.
Solo Nelson no dijo una palabra de principio a fin.
Alguien a su lado le dio un codazo.
—No te ves de buen humor. Escuché que tu esposa, la que te salió “gratis”, se fue a buscar trabajo. ¿Dicen que está de mesera en algún club? ¿Será que se dio cuenta de que ya no puede sacarte provecho y anda buscando quién la mantenga?
A Nelson se le heló la mirada. Justo cuando iba a responder, el joven sentado a su lado se le adelantó:
—No manchen, sí andan bien desquehacerados. Parecen un montón de chismosos. ¿Para qué andan metiéndose en los asuntos de pareja? Ah, claro, como tú estás solo, quieres que todos estén igual, ¿no? Además, ¡Ivana no es la clase de persona que ustedes creen!
El que hablaba era Adán Duque, el amigo de la infancia de Nelson.
También era médico, ortopedista.
Nelson lo miró de inmediato, con un tono mordaz en su voz.
—Parece que conoces muy bien a mi esposa.
Al oír ese tono, Adán se molestó.
—¡Te estoy defendiendo, no seas malagradecido!


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