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Llegas tarde: el divorcio ya está firmado romance Capítulo 33

Después de la conferencia, Silverio no se fue de inmediato. Primero, llevó a Ivana de regreso al hotel para recoger su maleta y luego la condujo a un vecindario con casas de dos pisos en las afueras.

Durante el almuerzo, Silverio le había mostrado fotos de la casa. A Ivana le gustó, así que se mudó directamente.

Después de todo, no tenía muchas exigencias, siempre y cuando la renta estuviera dentro de su presupuesto.

—Mi hermana la eligió. Hubo una época en la que se obsesionó con los lofts y quiso comprar uno, pero luego se aburrió de vivir sola y regresó a la escuela. ¡Ahora solo viene en vacaciones o cuando se pelea conmigo! —dijo Silverio, con un tono de fastidio al hablar de su hermana caprichosa, mientras le mostraba el lugar.

—Silverio, de verdad, muchas gracias por la molestia. ¡Hasta me ayudaste a traer mis cosas! —agradeció Ivana con una sonrisa.

Como acababa de mudarse, tenía mucho que organizar, así que Silverio no se quedó mucho tiempo. Le dio algunas indicaciones y se fue.

Ivana fue a su habitación. Los muebles ya estaban allí, lo que facilitaba la mudanza.

Primero, lavó la ropa sucia que había acumulado, luego tomó una clase en línea y se fue deprisa al club para trabajar.

Después de salir del trabajo por la noche, fue al supermercado a comprar varias cosas.

Finalmente había encontrado un lugar donde quedarse y estaba muy contenta. Sin embargo, por alguna razón, después de bajar del metro, sintió que alguien la seguía, así que aceleró el paso.

Cuando por fin llegó a la puerta, una sombra apareció de repente a su lado.

A Ivana se le enchinó la piel del susto y estuvo a punto de gritar, pero la persona le tapó la boca con una mano.

Con la otra mano la sujetó del brazo y la estampó contra la pared, sin darle chance de reaccionar.

Había luces en la entrada y en la calle, pero la persona se había movido tan rápido que Ivana no pudo ver quién era.

Solo cuando se acercaron, reconoció ese olor familiar. Se le encendió la rabia, apretó la mandíbula y le clavó el tacón en el pie con todo lo que traía.

—Nelson, ¿qué chingados te pasa?

¿Aparecer así de repente en medio de la noche? ¿Estaba enfermo o qué?

Nelson no dijo nada.

Un momento después, Ivana finalmente se acostumbró a la luz.

Durante el día, en el hospital, Nelson siempre llevaba el pelo perfectamente peinado, y hasta sus cejas reflejaban autocontrol y racionalidad.

Pero esta noche no llevaba lentes. Su mirada ya no estaba suavizada por los cristales, sino que se mostraba desnuda, cargada de una ira abrumadora.

Ivana, que se había asustado de verdad, también se enfureció y lo empujó con asco.

—Todavía no nos hemos divorciado, ¿y ya te mueres de ganas de mudarte a la casa de otro?

Ivana se detuvo bajo la farola, su figura frágil.

—Nelson, ¿nunca vas a parar?

Nelson se aflojó la corbata, una sonrisa burlona en sus labios.

—¿Qué pasa? ¿Ahora te molesta verme? ¿Entonces a quién te gusta ver?

Ivana soltó una risa amarga. Le parecía increíble que le echara la culpa a ella.

¿Acaso no sabía lo que él mismo había hecho?

Ivana se giró bruscamente, dispuesta a enumerar sus faltas como tantas veces antes. Abrió la boca, pero se detuvo.

Esa sensación era demasiado familiar. Parecía que cada vez que discutían, todo se convertía en una queja unilateral por su parte, haciéndola parecer una histérica.

Realmente no quería volver a eso. Así que respiró hondo y dijo:

—Nelson, al menos fuimos marido y mujer. No quiero que esto termine en un escándalo. Te lo explicaré una última vez: el día de la boda, fue Yadira quien no dejó de provocarme. Yo nunca la empujé, ella se cayó sola. Lo que le pasó a su pierna no tiene nada que ver conmigo.

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