Nelson no lo negó.
—¡Sí!
A estas alturas, cualquier intento de justificarse solo empeoraría las cosas.
Al observar el rostro pálido de Yadira, supo, aunque le costara admitirlo, ¡que había actuado como un cobarde sinvergüenza!
—Lo siento, de verdad no sabía cómo enfrentar la situación ni cómo decirte que no. ¡Estaba entre la espada y la pared y no encontré otra salida!
—¿Así que decidiste engañarme? —La voz de Yadira se quebró, cargada de una mezcla de histeria y desesperación—. Todo ese teatro de «intentaré convencer a mi mamá», ¿fue una vil mentira desde el principio?
Todo había estado mal desde el inicio, y los errores se habían ido acumulando uno tras otro.
¿Acaso le había hecho perder otros tres años de su vida por nada?
Nelson se dio cuenta de que, una vez más, no tenía argumentos para defenderse.
Era cierto, la había engañado.
Desde el principio hasta el final, apenas le había dicho un par de verdades.
De pronto, Yadira se levantó de un salto, se plantó frente a él y, alzando la mano, le propinó una bofetada con todas sus fuerzas.
¡Plaf!
Nelson ni siquiera intentó esquivarla, y mucho menos se defendió. El golpe fue tan seco que le dejó zumbando los oídos.
—¡Eres un desgraciado! —gritó Yadira entre sollozos, con una voz repleta de amargura y resentimiento—. ¡Cómo pudiste hacerme esto!
A Nelson le ardía la mejilla. En un principio, había pensado en dejar que ella lo golpeara para desahogarse y dar por terminado el asunto.
Pero esa cachetada logró encender su propio coraje.
Se masajeó la cara, preocupado de que la marca de los dedos se notara y de cómo iba a explicárselo a Ivana cuando llegara a casa.
Sentía que ya había cumplido con su deber moral al buscar a Yadira para aclarar la situación de una vez por todas.
Había pasado la madrugada en ese hotel, exponiéndose a malentendidos, solo para darle una explicación.
Reconocía que sus palabras habían sido crueles, pero después de soltar todo lo que tenía guardado, se sentía mentalmente agotado.
Sin embargo, el haber exteriorizado todo lo que no se atrevía a decir también le quitó un peso de encima.
Pero esta vez fue muy distinto a aquella ocasión en la cafetería.
Aquella vez se marchó sintiéndose libre como el viento.
Esta vez, sin embargo, el pecho le pesaba.
Quizás el aire gélido del pasillo fue lo que le ayudó a enfriar un poco la cabeza.
Miró de reojo la puerta de la habitación, que seguía abierta de par en par.
Desde adentro, solo se escuchaban los lamentos entrecortados de Yadira.
Soltó un largo suspiro.
Aunque había sido tajante en sus palabras, sabía muy bien que el que había actuado mal era él.
Yadira le había entregado cinco años de su vida, y él le había fallado miserablemente.
La cachetada que le dio quizá le sirvió para desahogarse, pero también era una clara señal de que estaba al borde del colapso emocional.
No pudo evitar sentir una punzada de preocupación: «¿Y si Yadira no soporta la presión y comete una locura?».

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