CINCO MESES DESPUÉS
Adriana estaba viviendo en una pequeña casita con todo lo necesario, que compró en las afueras de Lucerna un pueblo casi medieval y pintoresco de Suiza.
Al principio, cuando tomó la decisión de irse de Italia e intentar dejar el pasado atrás, había sido increíblemente difícil.
Extrañaba a Dante, y a pesar de su situación actual, no tenía consuelo.
Intentaba distraerse con el trabajo, pero cuando no estaba inmersa en sus actividades la invadía una profunda pena, había un dolor y un vacío en el pecho que la hacían llorar hasta dormirse.
Y cuando despertaba y caía en la cuenta de que no se trataba de un sueño, ni de una pesadilla que él ya no estaba en su vida, volvía a llorar otra vez hasta que decidía que ya era suficiente y debía empezar con las actividades del día.
En Suiza estaba llegando el invierno y hacia frío, se puso su puffer The North Face, que le llegaba hasta los tobillos, un pantalón deportivo térmico, unas botas, tomó su vehículo y se dirigió al pueblo por provisiones.
Aparte tenía que pasar por la farmacia para retirar un pedido que había realizado anteriormente.
Por suerte a ella se le daban los idiomas con facilidad. En esa parte de Suiza se hablaba un dialecto, pero el lenguaje base era el alemán. Ella lo manejaba bien al igual que su lengua madre, el italiano, y después el inglés, el francés, y sabía algo de ruso y chino también. Últimamente Ludmilla le enseñaba unos dialectos árabes cuando hacían videollamadas por Skype y terminaban riendo pues era muy mala su amiga con los idiomas. Ella no le dijo nada de lo que le hizo a Dante, ni de la situación que estaba atravesando en ese momento.
La ponía contenta verla tan feliz, Ludmilla siempre había sido buena amiga. Si alguien se merecía ser feliz con su pareja, era ella.
Cuando terminó de recoger todas sus compras volvió a su cabaña.
Entró, dejó las cosas. Y miró hacia los costados...Sentía algo extraño. Algo no encajaba en su casa.
Se dió vuelta despacio.
—Hola Adriana ¿Me extrañaste? — era Dante.
Ella aún tenía puesta su chaqueta.
Lo observó y bebió cada detalle, estaba tan atractivo como siempre, incluso más musculoso.
Ella tragó nerviosa,
—Dante...¿Qué haces aquí???
Él, estaba a unos cuatro metros de ella. Se acercó.
Él estaba furioso, le latía una vena en la sien. Entre el tiempo que habían convivido cuando era pequeña y esos tres meses de cautiverio había aprendido a leer sus caras, sus gestos.
Él se acercó más y acarició su frente con el arma.
Ella era pequeña, apenas le llegaba al pecho así que se había agachado.
—Mmmm me parece que eso que huelo es miedo...
Y fresias, seguía teniendo ese perfume a fresias que hizo que su cuerpo, para su pesar, reaccionara poniendo su pene erecto.
—Abrete la chaqueta — le ordenó.
—Por favor, déjame explicarte...— repitió.
—Me ROBASTE Adriana, ¡ABRETE LA MALDITA CHAQUETA MALDIZIONE!
Adriana cerró sus ojos, suspiró vencida, abrió la chaqueta y descubrió su abultado vientre de 30 semanas de embarazo (8 meses).

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