Dante despertó casi sintiendo la inquietud de su esposa, abrió los ojos ligeramente, aún era temprano en la mañana. La abrazó por detrás, Adriana estaba sudada.
—¿Qué sucede, amore mio? — preguntó con preocupación.
— N… nada…— murmuró, aunque aún estaba nerviosa por lo que había estado soñando y también se sentía un poco culpable por ocultarle a Dante lo que estaba sucediendo con esa chica. Ya que no había secretos entre ellos de ningún tipo, bueno al menos hasta ese momento.
Su relación, de alguna manera casi natural, se había vuelto más íntima y aunque solo llevaban compartiendo sus vidas diarias unos pocos años, parecía que había pasado mucho más tiempo desde que estaban juntos. Como toda una vida.
Para Dante, no era diferente que para ella, y en ese tiempo había llegado a conocer muy bien a su esposa, por eso sabía que algo la estaba molestando, ¿tal vez algo sobre la niñera?, pensó él.
Comenzó a besar el hombro de su esposa y ella se volteó. Se quitaron la ropa como dos adolescentes cachondos y comenzaron a tocarse… se besaron como los amantes apasionados que eran y él la penetró mientras chupaba desesperadamente sus pechos, succionando su leche y ella arqueaba la cabeza mientras envolvía sus piernas delgadas alrededor de la cintura de él.
Dante la sentó encima de él e hicieron el amor apasionadamente, y cuando Adriana estaba exhausta del orgasmo, entre sus brazos, la arrastró a la cama, la acostó suavemente allí, sobre él y acarició su cabello sudado que se pegaba a su frente, sus mejillas, y la observó intensamente mientras se encontraba recostaba sobre él.
La morena lucía satisfecha y contenta incluso en la tenue luz de la habitación.
Con un suspiro, ella abrazó su cuello.
— Podría quedarme aquí para siempre, en tus brazos — murmuró él con una sonrisa.
Él retiró suavemente sus brazos de su cuello, la quitó de sí y se volteó, culpable, dándole la espalda.
Poco después, sintió sus pezones presionados contra su espalda y de repente sus brazos delgados lo rodearon.
— ¿Qué sucede, amore? — preguntó Adriana, preocupada.
El hombre musculoso se volteó en sus brazos, la miró tiernamente y acarició su mejilla con su mano.
—Siento culpa por dejarte, al ir a Londres — finalmente le dijo, con un toque de angustia en su voz.
Por un momento, ella sonrió perpleja.
— Pero pensé que eso era lo que querías…— murmuró encogiéndose de hombros con indiferencia, y él casi gimió… de impotencia.
— Lo sé, es bueno para ambos, para nuestra familia… pero no quiero irme, no sin ti…— le dijo y la abrazó.
Ella le correspondió y besó su cuello.
— Están sucediendo muchas cosas, pero es lo mejor para la familia, y cuando todo se resuelva, si es necesario, nos estableceremos allí— dijo la mujer. Aunque la idea de establecerse en Londres y dejar Italia no le agradaba mucho, y como si hubiera leído su mente, él respondió.
— Bueno, hace un rato me dijiste lo contrario… que no querrías vivir allí ni por todo el oro del mundo, excepto para ir de vacaciones de vez en cuando…— contestó, sonriendo él.
— Lo haría por ti, papi… solo por ti… porque no quiero verte triste sin mí y los niños…— afirmó ella.
Él suspiró y le dio un dulce beso en los labios…
—Gracias, mi amor… ¿eso es todo o estás celosa? — preguntó él pues la conocía e imaginaba lo que podía llegar a pensar de que él estuviera solo en Londres.
Ella se sonrojó y agradeció la oscuridad que no la delataría para que él no pudiera verla o saber qué pasaba por su mente acerca de la nueva niñera, Solana.
Su esposo continuó hacia abajo, por su esternón, por su estómago, su lengua recorriendo su cuerpo mientras ella se retorcía de placer. Pasó su ombligo y llegó a su monte de Venus, siempre afeitado y sin vello.
Con sus manos, abrió sus piernas y la agarró debajo de sus nalgas, acercándola más hacia él, su rostro áspero por la barba ligeramente crecida.
Ella lo miró con los ojos entreabiertos, llenos de anticipación, antes de que él sumergiera su lengua en su vagina.
La lamió como un perro hambriento a un hueso, de arriba abajo, chupando su clítoris con fuerza mientras ella tiraba de su cabello y levantaba la parte inferior de su cuerpo del lecho.
—Papi…— susurró extasiada mientras él la complacía con su lengua y sus dedos.
Dante insertó tres de sus dedos gruesos, dos en su vagina y uno en su ano, mientras chupaba implacablemente su clítoris, aplicando cada vez más presión y velocidad.
Ella jaló fuertemente su cabello cuando llegó al orgasmo, eyaculando fluido en su boca y en su rostro, que él lamió con verdadero deleite, tal como le gustaba… no quería manchar ese momento con el pensamiento de extrañarla. Y anhelar momentos como esos.
La joven todavía temblaba cuando sintió la erección de su papi empujando entre los suaves pliegues de sus muslos. Con un empujón brutal, la penetró hasta tocar su útero. Pero ella ya estaba preparada, acostumbrada a su tamaño, así que solo estaba gimiendo fuertemente antes de que él atacara su boca con fuerza mientras bombeaba vigorosamente dentro de ella…
Penetrar a Adriana era felicidad. Encontrar el alivio con ella era descubrir su propio paraíso…
Dante tomó sus delgadas piernas y colocó sus tobillos sobre sus hombros para adentrarse más yendo hasta el fondo, mientras sus testículos golpeaban rítmicamente contra su entrepierna, chocando en su culo.
La chica levantó sus caderas, y eso fue toda la invitación que necesitó para alcanzar el clímax dentro de ella con el último empuje de su esposo, mientras él se encontró sintiendo las pulsaciones de las paredes vaginales de ella apretándole, anunciando a través de su vagina que había alcanzado el clímax, una vez más.
Después de eso, Adriana cayó en un profundo sueño.

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