Adriana se encontraba sentada en la cama mientras su pequeña hija Catalina estaba amamantando. La habitación estaba parcialmente iluminada por la luz del sol filtrándose a través de las cortinas. Sus pensamientos divagaban entre la noche anterior y la presencia de Solana, la nueva niñera de sus hijos.
Recordaba vívidamente cómo se había sentido al tener sexo en sueños con Solana. La cercanía, la complicidad en sus miradas, los sutiles roces de sus cuerpos. Cada vez que Solana le sonreía, Adriana se sentía conmovida por una extraña conexión que todavía no comprendía del todo.
Ella amaba a su esposo Dante con todo su corazón y no entendía por qué sentía esta desconcertante atracción hacia Solana. Era un deseo incipiente que la confundía y la hacía cuestionarse a sí misma.
Mientras observaba a su hija, Adriana recordaba cómo había amado a Dante la noche anterior antes de que él se fuera a Londres por negocios. El amor y la pasión los habían envuelto en una danza única. Cada caricia, cada beso, cada palabra susurrada al oído habían alimentado el fuego de su relación.
Sin embargo, ahora se encontraba enredada en sus propios sentimientos. ¿Por qué Solana? ¿Por qué ahora? Se preguntaba Adriana, sin poder encontrar respuestas lógicas.
Y aunque trataba de sacar esos pensamientos intrusivos de su mente, estos seguían apareciendo, como si fuera una fuerza magnética la que la atraía hacia ellos.
Continuó amamantando a Catalina, pero su rostro se enrojeció intensamente. Sentía como si su secreto más íntimo se estuviera revelando, aunque no había nadie más allí para verla.
La incipiente presencia de Solana en su vida se había vuelto incómoda y desafiante a la vez.
Sin embargo, Adriana no podía negar que en el fondo le gustaba sentirse deseada. Era como si Solana hubiera despertado una parte de ella que había permanecido dormida por un tiempo hasta ahora. Una parte que anhelaba ser explorada y comprendida, solo como podía hacerlo una mujer como ella.
Pero a pesar de esos sentimientos conflictivos, Adriana sabía que su amor por Dante era lo más importante en su vida. La profunda y duradera conexión que compartían era inquebrantable. Solana podía ser una tentación momentánea, pero nada se comparaba ala vida que había construido con su esposo Dante.
Con una sonrisa enigmática y su aparente inocencia, Solana comentó que Catalina era una niña muy afortunada y ofreció sacarle los gases. Adriana se acobardó por la actitud de Solana, pero al mismo tiempo, su cansancio la llevó a ceder ante la idea de dejar que Solana se ocupara de la que bebé eructara cuando ella lo sugirió. Después de todo, para eso habían contratado a Solana, pensó.
Con cierta renuencia, Adriana dejó que Solana tomara a Catalina en sus brazos y comenzara la tarea. Sin embargo, cualquier preocupación se disipó rápidamente cuando se dio cuenta de la eficiencia y habilidad con la que Solana hacía eructar a la bebé, dándole palmaditas suaves en la espalda mientras caminaba por la habitación. Era evidente que tenía experiencia en el cuidado de los bebés, no había duda al respecto, pensó Adriana mientras observaba las curvas de Solana delineadas a través del vestido, que dejaba poco a la imaginación.
A medida que la tensión disminuía, Adriana comenzó a relajarse y a apreciar el talento de Solana. Aunque todavía sentía una mezcla de atracción y aprensión hacia ella, no podía negar sus habilidades "maternales". Solana iba más allá de lo esperado de una niñera, mostrando un cariño y una dedicación inusual hacia la pequeña Catalina.
Con cada gesto que Solana hacía, Adriana se sentía más intrigada. ¿Qué impulsaba a Solana a actuar de esta manera? ¿Había algo más detrás de su aparente inocencia y seducción? Estas preguntas quedaron flotando en la mente de Adriana mientras veía a Solana cuidar de Catalina, mezclándose esos pensamientos con su propio deseo y confusión.

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