Fue como si un trueno hubiera caído en la habitación.
No solo Simón y Frida, sino todos los presentes sintieron como si un rayo los hubiera partido en dos.
¿Qué había dicho Fabián?
¿Que él y Alme eran los más compatibles?
¿Habían escuchado bien?
Un minuto antes, había dicho con total desdén que Alme y Mauricio hacían buena pareja. ¿Qué mosca le había picado o qué demonios le pasaba para cambiar de opinión tan de repente?
El señor Esteban se quedó paralizado, parpadeando mientras miraba fijamente a Fabián, sin entender nada.
Simón y Frida estaban igual de desconcertados.
Betina lo entendía aún menos. Llegó a pensar que estaba teniendo una alucinación o que se encontraba en medio de una pesadilla en la que Fabián decía que él y Almendra eran la pareja perfecta.
Sí, tenía que ser un sueño. No podía ser real.
Dicen que los sueños son lo opuesto a la realidad, así que en la vida real, a Fabián le gustaba ella.
Pero, ¿por qué le dolía tanto el corazón?
¿Por qué se sentía tan real?
Se pellizcó disimuladamente. ¡Ay, cómo dolía!
¿No era un sueño?
¿Cómo era posible?
¿Cómo pudo Fabián, con solo ver a Almendra una vez y sin cruzar una sola palabra con ella, cambiar de opinión y decir que eran el uno para el otro?
¿Por qué?
Betina estaba al borde del colapso.
Fue el señor Esteban quien reaccionó primero, mirando a Fabián con seriedad.
—Fabián, ¿sabes lo que estás diciendo?
Fabián asintió.
—Claro que lo sé, abuelo. El acuerdo matrimonial original entre la familia Ortega y la familia Reyes fue establecido entre Alme y yo. Así que, por favor, deja de intentar hacer de casamentero.
Dicho esto, se dirigió a grandes zancadas hacia donde estaban Almendra y los otros dos.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada