Después de todo, él solo era el asistente de la presidenta y su autoridad era limitada. Además, antes de que llegara Almendra, tampoco le habían dado mucha importancia en la empresa.
—Tráeme el currículum de todo el personal de diseño y también el de contabilidad.
Quería empezar a poner orden en esos dos departamentos.
En cuanto al área de producción, sentía que el problema era aún mayor y necesitaría tiempo para investigarlo.
—Sí, señorita Almendra, voy a prepararlos ahora mismo.
—De acuerdo.
—Por cierto, ¿quiere… convocar una junta hoy? —preguntó Uriel.
—No —respondió Almendra sin dudar—. Que sigan como siempre.
—Entendido.
Uriel salió de la oficina de Almendra y, justo cuando se dirigía a Recursos Humanos, un brazo se posó sobre su hombro.
—¡Uriel!
Uriel miró al despreocupado de Patricio y lo saludó cortésmente.
—Director Patricio.
Patricio entrecerró los ojos con una sonrisa maliciosa.
—La de ahí adentro, ¿es la nueva presidenta de la empresa?
Patricio se acababa de enterar de eso en la secretaría.
Había ido a preguntar si Almendra era una pasante, pero para su sorpresa, las secretarias le dijeron que era la nueva presidenta, la señorita Almendra.
Le dio risa. En su vida había visto a una mocosa como presidenta. Y además, de apellido Reyes. Eso olía a que tenía una conexión importante con la familia Reyes.
Si esta Almendra era alguien importante de la familia Reyes, entonces él no vería con malos ojos sacrificar un poco su imagen y acercarse a ella.
Después de todo, emparentar con la familia Reyes era el sueño de muchos.
Si no podía ligarse a la arrogante de Betina, ¿por qué no a una prima o algo así?
—Buenos días, Textil Velox S.A., ¿en qué puedo ayudarle?
—¿Estabas llorando? —La voz clara y segura de Almendra al otro lado de la línea hizo que Cintia se sobresaltara.
—¿Señorita Almendra?
—¿Qué pasó? —preguntó Almendra.
—No, nada, señorita Almendra. Estoy bien —respondió Cintia por instinto.
—Si es un asunto personal, tienes derecho a no contarlo. Pero si es por algo del trabajo, puedes decírmelo.
La voz de Almendra era tan suave que Cintia sintió una extraña sensación de consuelo y una seguridad que nunca antes había experimentado.
De repente, no pudo contener más la angustia y el miedo, y dijo con la voz entrecortada:
—Señorita Almendra, es… es el director Patricio. Me ofreció doscientos mil pesos para que… para que pasara unos días con él… Yo… no quiero… pero tampoco quiero irme de la empresa. No sé qué hacer…
***

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