En total, se acumularon veintiocho denuncias por delitos similares.
Martín también contactó a las víctimas. Al principio, las chicas tenían miedo de la influencia de Patricio y no querían denunciarlo. Pero cuando se enteraron de que había topado con pared y estaba en la cárcel, todas prepararon sus demandas con pruebas contundentes, decididas a que se pudriera tras las rejas.
Así que, ¿realmente iba a salir?
***
—Ya es tarde. Has tenido un día muy largo, te llevaré a casa a descansar.
Fabián miró a Almendra con ternura. Otras chicas de su edad, de familias adineradas, vivían como princesas.
Como Betina, que era tan delicada que si se picaba un dedo con una espina, armaba un escándalo y corría al hospital. En cambio, su chica ya dominaba todo tipo de habilidades, podía protegerse a sí misma y ayudar a los demás.
¿Cómo podía ser tan increíble?
Almendra miró la hora. Sin darse cuenta, ya era la una y media de la madrugada.
Realmente se sentía cansada.
—No hace falta que me lleves, puedo ir sola en mi carro. Tú también deberías ir a descansar.
Fabián enarcó una ceja y la miró con insistencia.
—De ninguna manera. Le prometí al señor Simón y a la señora Frida que te llevaría a casa sana y salva. No puedo romper mi palabra.
Almendra suspiró. Sabía lo terco que podía ser Fabián, así que asintió.
—Está bien.
Al ver la expresión de resignación de Almendra, Fabián sonrió levemente. Sabía que, poco a poco, ella estaba empezando a aceptarlo.
***
Mientras tanto, Simón y Frida ya habían llegado a Lomas de Santa Fe.
La verdad es que los últimos días, con la enfermedad del abuelo, habían sido agotadores. Menos mal que tenían a Alme; de lo contrario, la situación habría sido mil veces peor.
Pero ahora, un problema grave los atormentaba: el hecho de que Betina les hubiera dicho a Néstor y Olga que Almendra era su ahijada.


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