Simón y Frida se dieron cuenta de que sus palabras podrían haber sido malinterpretadas por Betina.
—Betina, tu papá y yo solo sentimos que tu hermana ha pasado por mucho. Por supuesto, tú también eres excepcional. Eres experta en piano, ajedrez, caligrafía y pintura. Estamos muy orgullosos de ti.
—Así es, Betina. Tú y tu hermana son las niñas de nuestros ojos, ambas son indispensables —añadió Simón, acercándose a ella y dándole una suave palmada en la cabeza con un cariño indescriptible.
El corazón de Betina se llenó de calidez al instante. Eso era lo que le encantaba: sentir que era el centro de atención en los ojos y el corazón de sus padres.
—Perdónenme, papá, mamá. Dije algo que no debía.
—No te preocupes. Últimamente te ves más delgada, come un poco más.
Dicho esto, ambos comenzaron a servirle comida, uno a cada lado. En un instante, su plato se convirtió en una montaña, igual que el de Almendra al otro lado de la mesa.
Una sonrisa se dibujó en sus labios, pero por dentro apretó los dientes.
¿Por qué cuando Almendra estaba presente, ellos parecían no verla?
Almendra nunca debió haber regresado a esta casa. ¿Por qué tuvo que volver?
***
Almendra y Tobías se dirigieron a una sala de descanso tranquila.
—¿Hay noticias de la familia Farías? —preguntó Almendra, adelantándose a Tobías.
—Sí. Dijeron que la donante de riñón es su hija biológica y que ya ha dado su consentimiento. Nos pidieron que comenzáramos con los preparativos preoperatorios. También mencionaron que contrataron a El Santo, y fue entonces cuando me enteré de que usted ya había aceptado.
Tobías no estaba al tanto de la relación entre Almendra y la familia Farías.
—De acuerdo. La preparación preoperatoria tomará unas tres horas. Programemos la cirugía para las seis de la tarde. Tengo otros asuntos que atender en un rato.
Tobías asintió. —No hay problema.


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