¡No era justo!
—¡La odio! Liliana, ¿por qué mis papás la trajeron de vuelta? ¡La odio tanto! ¡No la quiero en esta casa!
Liliana miraba a Betina con lástima.
—Señorita Betina, usted es la verdadera señorita de esta casa. La señorita Almendra no se le puede comparar en nada. Últimamente, la señora y el señor han estado muy pendientes de ella por eso de que sabe de medicina, y sí, la han descuidado un poco a usted.
—¿Un poco? ¡Ahora solo tienen ojos para esa tal Almendra! ¿Acaso todavía se acuerdan de que tienen otra hija?
—Y ni hablar de Fabián y el señor Esteban. ¡Ahora todos prefieren a Almendra y a mí ya no me quieren! —gritó Betina, con los ojos enrojecidos.
Hoy, ella misma le había pedido una flor, ¡y el señor Esteban no quiso darle ni una sola, pero a Almendra le regaló un jarrón entero!
Nunca en su vida se había sentido tan humillada.
—Señorita Betina, aguante un poco más. Mañana salen los resultados del examen de admisión a la universidad, ¿no? ¿Qué puntaje puede sacar una rancherita como ella?
—En cuanto salgan las calificaciones, sus padres se darán cuenta de que usted es la más brillante de las dos —la consoló Liliana con voz suave.
Betina resopló y levantó la barbilla con arrogancia. —¡Ya veremos qué calificación saca Almendra! A ver si no acaba en una universidad de tercera, ¡y mis papás van a tener que mover sus influencias para meterla en la Universidad La Concordia!
Si había universidades difíciles, esas eran la Universidad La Concordia y la Universidad Central de Valparaíso. Betina estaba segura de que podía entrar a cualquiera de las dos.
Pero Almendra… ¡Ja! Si al final tenía que entrar a una buena universidad por palancas, ¿no sería el hazmerreír de todos?
—Oí que ni en la familia Farías la querían. Siempre vivió en el campo con la abuela. ¿Qué tan buenas pueden ser sus calificaciones? —añadió Liliana con desdén.
Al pensar que al menos en los estudios podía aplastar a Almendra, la ira de Betina comenzó a disiparse.
Fabián llevó a Almendra al hospital. Cuando ella le dijo que la cirugía podría durar de seis a ocho horas, sintió una punzada de compasión.
Quería quedarse a acompañarla, pero Almendra lo rechazó de plano. —¿Para qué te vas a quedar si voy a estar en el quirófano? ¿De verdad no tienes trabajo en la empresa? Si estás tan desocupado, mejor ve a hacerle compañía al señor Esteban.
Las palabras de Almendra lo hicieron sentir como el peor de los nietos. Inmediatamente, dio media vuelta y se fue, obediente.
Almendra miró la hora: casi las cinco. El quirófano ya debía de estar preparándose.
Justo al entrar al edificio del hospital, recibió una llamada de Tobías.
—Ya casi llego.
—Muy bien, maestra. Sin usted, la señorita Farías no coopera con los preparativos preoperatorios. Dice que tiene que ver a El Santo en persona antes de ponerse la bata de paciente.

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