Resultó que Fabián había llegado hacía un momento. Al percatarse de la situación, se había mantenido oculto detrás de un carro cercano al de Matías, esperando el momento oportuno para actuar.
Pero nunca imaginó que Matías, esa bestia, se atrevería a atacar a un civil.
¡Era peor que un animal!
La patada casi desarma a Matías, pero ante la posibilidad de escapar, el dolor era lo de menos.
Mientras se levantaba, gritaba y blandía la daga al aire. —¡Quítense! ¡Quítense todos de mi camino, carajo!
La mirada de Fabián se endureció. Ignorando la daga, lo derribó de otra patada y, acercándose, lo inmovilizó boca abajo en el suelo con una fuerza brutal.
—¡Ah! ¡Suéltame! ¡Suéltame! —Matías luchaba con todas sus fuerzas, pero la presión sobre él era tan abrumadora que no podía liberarse.
—¿Te gusta tanto apuñalar a la gente? —dijo Fabián con una sonrisa gélida—. Pues ahora vas a ver qué se siente apuñalarte a ti mismo.
Dicho esto, sujetó la mano derecha de Matías, que aún empuñaba la daga, y sin dudarlo, la clavó en la mano izquierda del propio Matías.
—¡Ah! —gritó Matías, con un dolor insoportable.
La fuerza de Fabián fue tal que la afilada punta de la daga atravesó el dorso de la mano y se incrustó en el pavimento de concreto.
El dolor era desgarrador para Matías. Cuanto más luchaba, más le dolía, y la sangre brotaba con más fuerza.
Al ver que Fabián ya tenía controlado a Matías, Almendra dejó de prestar atención a esa escena y corrió hacia Katia, la joven herida.
Por lo que podía deducir, le había seccionado una arteria principal.
En menos de un minuto desde que fue herida hasta que cayó al suelo, el vestido blanco de Katia ya estaba teñido de rojo, y la sangre seguía brotando de su cuello como si no tuviera fin.
El hombre de mediana edad, Gonzalo, el chofer de la familia Corral, estaba pálido de terror y lloraba desconsoladamente.
—¡Señorita! ¡Señorita, por favor, no le pase nada!
Si a la señorita le pasaba algo, ¿cómo se lo explicaría a la señora?
—No la muevas —dijo Almendra, corriendo para examinarla.

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