Almendra la rechazó de inmediato.
—No es necesario, tengo dinero para mis gastos, y además, papá y mamá ya me dieron mucho. Quédate este dinero y úsalo tú.
La cara de Gilberto se llenó de tristeza.
—¿Crees que te estoy dando muy poco? Entonces aquí tienes otra tarjeta, llévatelas las dos.
—No es eso, de verdad tengo suficiente.
—Que tú tengas es una cosa, y que yo te dé es otra. Si no la aceptas, pensaré que te parece poco.
Al ver su insistencia, Almendra no tuvo más remedio que aceptar la tarjeta.
—Gracias, entonces la acepto.
Gilberto, contento, le acarició la cabeza.
—Bueno, descansa. Nos vemos mañana.
—Nos vemos mañana.
Después de que Gilberto se fue, una figura emergió del recodo de la escalera: era Betina.
Apretó los puños y la mandíbula con fuerza, su rostro contorsionado por la rabia.
¡Era el colmo!
Gilberto no solo le había traído a Almendra un montón de regalos, ¡sino que también le había dado en secreto una tarjeta con cincuenta millones!
Aunque Gilberto solía comprarle regalos, ¡nunca le había comprado tantos de una sola vez!
Y aunque también le daba dinero para sus gastos, la mayor cantidad que le había dado eran diez millones, a veces unos pocos millones. ¿Cómo era posible que ahora, de golpe, le diera cincuenta millones a Almendra?
¿Acaso había tanta diferencia entre la hija biológica y la que no lo era?
En un arrebato de ira, dio una fuerte pisada en el suelo. Al darse cuenta de que había hecho mucho ruido, rápidamente aligeró sus pasos y se escabulló de regreso a su habitación.
***
En la sala de estar, Frida miró hacia la escalera y le dijo pensativamente a Simón:



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada