La persona que estaba al teléfono adentro no esperaba que alguien irrumpiera así, y del susto, metió el celular debajo de la almohada a toda prisa.
—¿Qué escondes? —dijo Almendra con una sonrisa gélida.
Susana no esperaba que Almendra, quien llevaba casi dos días desaparecida, apareciera de repente. Su rostro pálido no podía ocultar su nerviosismo.
—Tú… ¿qué haces aquí? Si vienes a reírte de mí, adelante. Total, ya estoy así.
Susana desvió la mirada, sin querer ver a Almendra mientras se acercaba.
Los ojos de Almendra eran tan profundos y penetrantes que la hacían sentir completamente expuesta.
—¿Por qué lo hiciste? —Almendra no tenía tiempo para rodeos y fue directo al grano.
El corazón de Susana dio un vuelco. Sin girarse, respondió con un bufido.
—¿Por qué hice qué? No sé de qué hablas.
—Ah —dijo Almendra—. ¿No estabas contactando a una agencia para difamarme en redes? Hasta ofreciste diez millones. Parece que Rodrigo y Valeria te pagaron bien por ese riñón.
Al escuchar eso, Susana se giró bruscamente y la fulminó con la mirada.
—¡Cállate! Si ustedes no me hubieran engañado para que volviera, ¿habría perdido un riñón?
Almendra la miró con frialdad.
—Primero, fueron Rodrigo y Valeria quienes te trajeron de vuelta, yo no tuve nada que ver. Segundo, ¿no firmaste tú misma el consentimiento para donar el riñón?
Ante el cuestionamiento de Almendra, Susana se sentó de golpe en la cama. El movimiento brusco le tiró de la herida, y el dolor le drenó el color del rostro al instante.
—¡Almendra! ¡Tú sabías desde el principio que solo me querían de vuelta por mi riñón, pero no dijiste nada! ¡Solo te quedaste mirando cómo caía en su trampa! —la voz de Susana era un susurro ronco por el dolor.
Nadie sabía cuánto odiaba a la familia Farías en ese momento. Odiaba a cada uno de ellos, incluida… ¡Almendra, que ya ni siquiera llevaba su apellido!
Almendra soltó una risa burlona.
—¿No que estabas disfrutando mucho la vida de rica con los Farías? Ahora que sabes la verdad, ¿vienes a echarme la culpa? ¡Qué descaro el tuyo!
—Si fuera yo, y no estuviera de acuerdo, no habría aceptado ni con un cuchillo en el cuello. No habría aceptado ni por todo el oro del mundo.
La mirada de Susana vaciló.
—Es fácil para ti decirlo. ¡Yo soy yo, y tú eres tú!
—Si yo hubiera firmado, no estaría ahora quejándome de todo y hundiéndome en la miseria.
Susana se secó las lágrimas con brusquedad.
—¡Como a ti no te pasó, es muy fácil hablar! Si no nos hubieran intercambiado al nacer, ¿qué habrías hecho tú?
—Ya te lo dije, en este mundo no existen los «hubiera». Volver con la familia Farías fue tu decisión, no tiene nada que ver conmigo —dijo Almendra con calma—. Solo te doy siete días. Cuando te den de alta, la policía vendrá a buscarte.
Almendra no tenía ganas de seguir discutiendo. Se dio la vuelta para irse.
—¡Almendra! —le gritó Susana, furiosa—. ¡Soy tu paciente! Si mi herida no sana, tú como cirujana también tienes responsabilidad. ¡Tu reputación como discípula de El Santo seguirá en riesgo!

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