La señora de la limpieza, Estefanía, notó que a Pilar le costaba respirar, así que rápidamente la ayudó a sentarse en su silla de ruedas y le sirvió un vaso de agua.
Una vez que recuperó el aliento, Pilar sacó su celular y llamó a Almendra.
Almendra acababa de llegar a la oficina cuando vio la llamada de su abuela. Una calidez repentina inundó sus ojos, normalmente fríos, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Abuela.
Al escuchar esa palabra, el corazón de Pilar se derritió.
—Alme, ya salieron tus resultados del examen de ingreso a la universidad. ¡Felicidades! La abuela está muy orgullosa de ti.
Almendra arqueó una ceja.
Todavía no había tenido tiempo de contarle a su abuela, y la noticia de que había obtenido la calificación perfecta aún no había hecho mucho ruido en internet. Seguramente los medios estaban trabajando a toda máquina en sus artículos.
—Abuela, ¿le llamaron de la escuela?
Pilar hizo una pausa antes de responder con voz amable:
—Fue tu maestra titular.
Al notar la vacilación en la voz de su abuela, Almendra adivinó lo que había pasado.
—Abuela, ¿no creen en mi calificación, verdad?
—La abuela sí cree —dijo Pilar con suavidad.
La sonrisa de Almendra se hizo más grande.
—Abuela, si la escuela vuelve a llamarla, no conteste. No les dé ninguna respuesta. Yo me encargo de esto.
Pilar solo quería evitar que el asunto se hiciera más grande, pues podría dañar la reputación de Almendra.
Aunque ella le creía, no todos lo harían.
—Alme…
—Abuela, esos chismes no pueden herirme. Esto se resolverá pronto. Usted solo concéntrese en recuperarse, iré a verla en un par de días.
—Está bien —asintió Pilar.
Después de colgar, Almendra accedió a las cámaras de seguridad de la casa.
Como no le gustaba que su abuela estuviera sola, había instalado cámaras en la villa de Pilar.


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