—Si no tienes la capacidad, no la tienes. ¿Y ahora resulta que “no quería”?
—¡Qué sarta de tonterías!
—Pero ustedes no han encontrado ningún dispositivo de trampa de la alumna Almendra. A juzgar únicamente por la grabación, no se puede descartar que haya aprobado por sus propios méritos —Nicolás pensaba que el director y los maestros del Colegio Los Pioneros eran unos ineptos. Su Almendra, al igual que Cristian y Alexandro, era un genio prodigioso, y ellos eran los ciegos que no lo veían.
Martina se cruzó de brazos, y las palabras de Nicolás la hicieron reír de coraje.
—Ya que insisten tanto en que lo hizo por su cuenta, ¿por qué no la hacen volver a presentar el examen? Así veremos qué calificación saca, ¿no?
Martín miró a la arrogante Martina con un gesto significativo.
—Parece que esta maestra Martina tiene más autoridad para hablar que el propio director Darío. ¿O es que el director Darío y el ministro Gaspar aún no han dicho nada?
Martina sintió un escalofrío, y hasta Darío la fulminó con la mirada. Rápidamente, forzó una sonrisa.
—La maestra Martina, como jefa de grupo de la alumna Almendra, tiene derecho a opinar.
—¡Exacto! —Martina infló su orgulloso pecho—. ¡Por su trampa, tanto la escuela como yo nos veremos afectados!
Gaspar reflexionó un momento y, con una actitud respetuosa, se dirigió a Martín y a Nicolás en tono de sugerencia:
—¿Qué tal si, como dice la maestra Martina, le pedimos a la alumna Almendra que vuelva a presentar el examen?
—La verdad es que este incidente ha causado un gran revuelo, y todo el país está pendiente. En esta situación, la única forma de que la alumna Almendra demuestre su capacidad y limpie su nombre de las sospechas de trampa es volviendo a examinarse.
Martín y Nicolás intercambiaron una mirada y dijeron al unísono:
—Necesitamos consultar la opinión de la señorita Almendra.
Gaspar asintió.
—De acuerdo.
Entonces, Martín y Nicolás tomaron sus celulares y se apartaron para hacer sus llamadas.
Martina estaba totalmente indignada. Se cruzó de brazos y puso los ojos en blanco con exasperación. «¿Señorita Almendra?»
Esa Almendra sí que sabía darse aires. ¿Solo porque mandó a un par de recaderos ya se creía una gran señorita de alta sociedad?
¡Qué risa!

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