Betina, sobre todo, al levantar la vista y ver la puerta llena de gente —el señor Esteban, Lorenzo, Mauricio y sus padres—, sintió un nudo en el estómago y apretó los puños.
¿Cuánto habrían escuchado de su conversación con el abuelo?
¿Se enfadarían sus padres por su indiscreción?
—Betina, ¿qué haces ahí parada? Ven a saludar al señor Esteban, a Lorenzo y a Mauricio —dijo Simón con una sonrisa.
Al ver que Simón le sonreía con el mismo cariño de siempre, Betina dejó a un lado su nerviosismo. Adoptó una actitud dócil y se acercó al grupo, saludando a Esteban, Lorenzo y Mauricio con elegancia y cortesía.
Lorenzo, siempre amable, asintió en respuesta. Mauricio, por su parte, soltó un bufido interno y asintió a regañadientes.
Esteban también se limitó a sonreír y asentir, sin decir palabra.
Antes, Esteban siempre había sido muy cálido y amable con Betina. Aunque era una chica caprichosa, la consideraba su futura nieta política y no le quedaba más remedio que consentirla.
Pero ahora las cosas habían cambiado. Saber que Betina no era una Reyes de sangre le quitó un peso de encima. Y después de oír las proezas de Almendra, su actitud hacia Betina se había enfriado notablemente.
Betina lo notó. Aunque se sintió decepcionada, una nueva determinación brilló en sus ojos. Le demostraría al señor Esteban que ella era cien veces mejor que Almendra.
Al no ver entre el grupo a la persona que más anhelaba, quiso preguntar, pero temió ser inoportuna y se retiró al lado de Simón y Frida.
—Esteban, ¿qué modales son esos? —le espetó Yago, sorprendido—. ¿Te quedaste sin saldo en el celular o qué? ¿No podías avisar que venías?
—Quería darte una sorpresa —rio Esteban.
—¡Vaya sorpresa! —replicó Yago—. Un poco más y me encuentras de cuerpo presente.
Todos se quedaron en silencio.
Esteban soltó una carcajada y se acercó a la cama.
—Sigues siendo el mismo cabeza dura de siempre. Nadie podía imaginar lo del intercambio de Almendra y Betina. Ya que pasó, considéralo como tener una nieta más y listo. ¡Mira cómo te pones!

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