Frida estaba a punto de decir algo cuando vio a su hija bajar por las escaleras. Se levantó y la llamó con ternura:
—Almendra.
Al ver a Frida levantarse con tanta solicitud para recibir a Almendra, tomándola de la mano con sumo cuidado para guiarla hasta ellos, Betina sintió una nueva oleada de celos.
Antes, sus padres y todos los demás solo tenían ojos para ella. Ahora, todos la ignoraban y centraban su atención en esa… ¡rústica de Almendra!
Desde el momento en que Almendra apareció, los ojos penetrantes de Esteban no se apartaron de ella, estudiándola con la mirada de quien evalúa a su futura nieta política. Y cuanto más la miraba, más le gustaba.
La joven tenía la piel como la nieve, una sonrisa radiante y una figura esbelta y alta. Su expresión era serena.
No necesitaba ropas caras, maquillaje ni joyas para ser exquisitamente hermosa. Irradiaba un aura de pureza y sencillez.
Aunque su mano derecha estaba vendada, no mostraba signos de dolor o debilidad. Se mantenía erguida, sin dejarse intimidar por la presencia de tantos extraños. Era, en una palabra, imponente.
Los ojos de Esteban eran expertos en calar a las personas, y supo de inmediato que esa joven no era una chica común.
¡Le encantaba!
¡Esa era la nieta política que quería!
—¡Almendra, muchacha! ¡Soy el abuelo Esteban!
Antes de que Frida pudiera hacer las presentaciones, Esteban se adelantó, con un tono de voz inusualmente amable y un claro matiz de halago.
Todos se quedaron perplejos.
¿Ese era el general Esteban, la leyenda del ejército y la política?


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