—Liliana, tal vez los juzgué mal.
Al escuchar esto, ¡Liliana se alarmó muchísimo!
¿Cuánto tiempo se había ido? ¿Ya le habían lavado el coco a su niña?
—Señorita Betina, usted... usted está confundida. El Señor Cristian le dio tantas cosas a Almendra, ¿y a usted la contentó con un simple piano?
Al oír a Liliana, Betina sintió por inercia que tenía razón, pero en su mente resonaron las palabras que le había dicho Cristian.
Dijo con suavidad: —Liliana, sé que lo haces por mi bien, pero yo... de verdad no quiero irme de la familia Reyes, ni quiero que tú te vayas de mi lado. Así que he decidido llevar la fiesta en paz con mi hermana.
Liliana estaba que se moría de la desesperación.
—Señorita Betina, ¿usted cree que la señorita Almendra va a querer llevarse bien con usted? Si el Señor Cristian de verdad quisiera su bien, ¿por qué no la defendió hoy en el evento?
Betina cerró los ojos, suspiró profundo, como tomando una decisión.
—Liliana, ya no digas más. Yo perdí la apuesta, no es culpa de nadie. Además, mi hermana es mi Gran Maestra; si aceptó que le sirviera el té, significa que me acepta. Así podré pedirle que me ayude a mejorar mi técnica en el futuro.
Liliana quería darse de topes contra la pared.
¿Qué le había dicho Cristian a su hija?
—Señorita Betina, pero...
—Liliana, sé que te preocupas, pero quiero vivir tranquila en la familia Reyes. Mientras me sigan tratando como familia, no me importa ceder un poco ante mi hermana. Al fin y al cabo, todo lo de la familia Reyes le pertenece a ella por derecho.
Liliana tenía ganas de llorar.
Tenía que admitir que Cristian era un maestro para lavar cerebros.
—Señorita Betina, ¿y todavía quiere casarse con la familia Ortega? —preguntó Liliana tanteando el terreno.
Betina lo pensó un momento y negó levemente con la cabeza: —No sé. No siento nada por Lorenzo, y creo que él tampoco por mí.
¡Liliana casi se infarta del coraje!

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