—¡No sean insolentes! ¡La señorita Almendra es la prometida del jefe, ella tiene todo el derecho de decidir si se quedan o se van! —gritó Martín con severidad.
Gregorio sabía perfectamente que había subestimado a la persona equivocada y que había perdido la apuesta; se sentía tan avergonzado que quería que la tierra se lo tragara.
Pero ahora solo quería saber quién diablos era esa muchacha.
—Puedo irme, pero ¿podrías decirme en qué puesto estás en el ranking de la Asociación Médica?
Al escuchar esto, Almendra soltó una risa burlona.
—Aunque no le presto atención a eso de la Asociación Médica, creo que mi nombre debería estar en el primer lugar.
En cuanto terminó de hablar, todo el quirófano se quedó en silencio por dos minutos completos.
Cuando Almendra conectó personalmente el suero a Fabián y revisó los monitores, fue cuando ellos reaccionaron.
¡Primer lugar!
¿Acaso no era... el legendario «El Santo»?
¡Dios mío!
¡El Santo!
¿No habían escuchado mal?
¡Qué honor! ¡Habían visto con sus propios ojos a El Santo operar en persona!
Pero... pero parecía que hace un momento... no habían logrado captar mucho, solo recordaban que su velocidad era altísima, como si el video estuviera a 3x.
¡Arrepentimiento!
¡Se morían de arrepentimiento!
Con razón el asistente personal del Señor Ortega les había advertido antes de la cirugía que miraran bien.
¡Qué estúpidos fueron!
Almendra ya no tenía ganas de hacerles caso y le pidió a Martín que la ayudara a llevar a Fabián a la unidad de cuidados intensivos.
—¡Maestra!
Gregorio finalmente reaccionó, corrió tras Almendra con la cara llena de arrepentimiento.
—¡Maestra, discúlpenos! Tuvimos al genio enfrente y no supimos reconocerlo.

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