—¡No sean insolentes! ¡La señorita Almendra es la prometida del jefe, ella tiene todo el derecho de decidir si se quedan o se van! —gritó Martín con severidad.
Gregorio sabía perfectamente que había subestimado a la persona equivocada y que había perdido la apuesta; se sentía tan avergonzado que quería que la tierra se lo tragara.
Pero ahora solo quería saber quién diablos era esa muchacha.
—Puedo irme, pero ¿podrías decirme en qué puesto estás en el ranking de la Asociación Médica?
Al escuchar esto, Almendra soltó una risa burlona.
—Aunque no le presto atención a eso de la Asociación Médica, creo que mi nombre debería estar en el primer lugar.
En cuanto terminó de hablar, todo el quirófano se quedó en silencio por dos minutos completos.
Cuando Almendra conectó personalmente el suero a Fabián y revisó los monitores, fue cuando ellos reaccionaron.
¡Primer lugar!
¿Acaso no era... el legendario «El Santo»?
¡Dios mío!
¡El Santo!
¿No habían escuchado mal?
¡Qué honor! ¡Habían visto con sus propios ojos a El Santo operar en persona!
Pero... pero parecía que hace un momento... no habían logrado captar mucho, solo recordaban que su velocidad era altísima, como si el video estuviera a 3x.
¡Arrepentimiento!
¡Se morían de arrepentimiento!
Con razón el asistente personal del Señor Ortega les había advertido antes de la cirugía que miraran bien.
¡Qué estúpidos fueron!
Almendra ya no tenía ganas de hacerles caso y le pidió a Martín que la ayudara a llevar a Fabián a la unidad de cuidados intensivos.
—¡Maestra!
Gregorio finalmente reaccionó, corrió tras Almendra con la cara llena de arrepentimiento.
—¡Maestra, discúlpenos! Tuvimos al genio enfrente y no supimos reconocerlo.
—En ese momento el carro ya estaba destrozado, tuvimos que bajar para movernos, pero a ellos parecía no importarles su propia vida, nos disparaban como locos.
»Yo... yo no peleo tan bien como mi hermano, no pude esquivar a tiempo. Él resultó herido por protegerme.
Al decir esto, Mauricio bajó la cabeza lleno de culpa y remordimiento.
—Hace mucho tiempo, el abuelo dijo que me enviaría al ejército para que mi hermano me entrenara, pero él no estuvo de acuerdo. Dijo que como soy el más chico de la familia, debía hacer lo que yo quisiera, que no quería que fuera como él, siempre preparado para sacrificarse.
—Mi hermano, él... aunque parece muy frío, realmente es muy bueno con Lorenzo y conmigo. Esta vez fui yo quien lo arrastró.
Mauricio hablaba y se le ponían los ojos rojos.
Si a su hermano realmente le pasaba algo por su culpa... jamás tendría paz en esta vida.
—Cuñada, gracias por salvar a mi hermano. Eres la bendición de nuestra familia. ¡En esta vida, solo te reconozco a ti como mi cuñada!
Almendra no sabía muy bien cómo consolarlo; después de todo, ella no era una persona dada a dar ánimos.
Tras pensarlo un momento, solo pudo decir:
—Esta gente, desde el principio, venía por él.

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