Valeria tenía ganas de estrangular a Susana.
¡Esa maldita mocosa! No quería poner ni un peso y ahora le echaba el ojo a sus joyas.
Esas eran sus tesoros, el símbolo de su estatus. Para asistir a los eventos sociales necesitaba algo que mostrar para que no la miraran en menos. Si las vendía ahora, ¡sería difícil volver a comprarlas!
Susana intervino:
—¿No existen las casas de empeño? Escuché que con solo probar que son auténticas, te dan el dinero al instante, en efectivo.
Valeria jamás imaginó que su propia hija biológica se dedicaría a clavarle puñales en el pecho una y otra vez.
—Tú...
—¿No lo hago por el bien de la empresa? Esas cosas ahí guardadas no hacen nada, mejor úsalas para ayudar a papá a resolver sus problemas.
Rodrigo pensó que tenía sentido y trató de convencer a Valeria:
—Empéñalas ahora, y cuando nos recuperemos, ¡te compraré unas nuevas!
Valeria no se creía ni una palabra de esas tonterías de Rodrigo. Esas joyas las compró cuando la familia Farías estaba en su apogeo.
Si las empeñaba ahora, ¿quién sabía si podría volver a tenerlas?
—Mujer, rápido, a casa, por las cosas.
Rodrigo no podía esperar ni un segundo más.
Valeria fulminó a Susana con la mirada. ¡Si lo hubiera sabido, nunca le habría dicho a Susana cuántas joyas tenía!
Se arrepentía hasta el alma.
Sin más opción, Valeria tuvo que regresar y tomar dos juegos de collares que no le gustaban mucho.
Sus joyas venían en juegos completos: collar, anillo y aretes.
Ambos eran de diamantes; uno valía más de treinta millones y el otro más de cincuenta millones. Claro, tenía otros más caros que no estuvo dispuesta a sacar.

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