Simón también comentó: —Sí, Alme, la verdad es que te esfuerzas demasiado todos los días, también deberías darte un respiro y descansar.
Betina, que había salido tras él, mantuvo una sonrisa y miró a Almendra con actitud amable: —Tiene razón, hermana, andas súper ocupada y cansada diario, deberías comer más cosas nutritivas.
Almendra le lanzó una mirada, y Betina le devolvió una sonrisa llena de buena voluntad.
Ella no se molestó en indagar si Betina realmente había cambiado o si solo estaba fingiendo; total, el tiempo pone a cada quien en su lugar, ya se vería más adelante.
—Gracias.
Tras decir eso, caminó hacia el interior de la mansión. Simón y Frida se apresuraron a seguirle el paso.
Al ver esto, Betina los siguió también, con el semblante un poco apagado.
Liliana, que observaba desde un lado, ¡estaba que reventaba del coraje al ver esa escena!
Su hija era demasiado buena y tonta, ¿cómo iba Almendra a tratarla con sinceridad?
Y esa familia Reyes, pregonando igualdad, pero actuando con un favoritismo descarado. ¿Por qué Betina no se daba cuenta de eso?
Al llegar a la sala, el abuelo Don Yago también saludó a Almendra con entusiasmo y preocupación.
Almendra asintió a modo de saludo, dejó su mochila y sacó las píldoras que había estado preparando en casa de Fabián durante los últimos dos días.
Eran pequeños frascos de porcelana muy finos; unos tenían forma de calabaza, otros de jarrón de jade y otros eran ovalados. A simple vista se notaba que no eran cualquier cosa.
Tomó uno con forma de calabaza y se lo entregó al abuelo: —Estas son píldoras para el corazón que desarrollé, tómese una cada noche antes de dormir.
Las que preparaba Almendra no eran como las del mercado; estaban hechas con hierbas medicinales extremadamente valiosas. Olvídate del frasco entero, una sola de estas pastillitas podría subastarse en el mercado negro por tres millones; eran verdaderamente invaluables.
Yago puso cara de emoción: —Alme, muchas gracias por la molestia.
—Con tal de que su salud esté bien, está perfecto.

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