Pero el abuelo estaba que se moría de la angustia: —¡Pero Mauricio dijo que casi pierde la vida! ¿Cómo es posible que todos ustedes me ocultaran algo tan importante?
Almendra tuvo que intervenir: —Don Esteban, ellos solo no querían que se preocupara. La situación en ese momento sí fue algo peligrosa, pero afortunadamente, la herida ya sanó en un setenta por ciento.
Al escuchar a Almendra, la expresión del abuelo cambió de inmediato a una amable y cariñosa: —Alme, teniendo a alguien como tú al lado de Fabián, ¡este viejo se siente mucho más tranquilo! El gran favor que le has hecho a la familia Ortega, que ese mocoso se pase la vida entera pagándotelo. Si algún día se atreve a tratarte mal, ¡aunque tenga que salirme del ataúd, voy a ponerlo en su lugar!
Almendra soltó una risita resignada: —Abuelo, usted está muy fuerte, seguro vive cien años.
Mauricio, al ver que el abuelo ya sonreía gracias a Almendra, intentó acercarse sigilosamente a Lorenzo para averiguar qué estaba pasando esa noche.
Pero, inesperadamente, el abuelo soltó un grito: —¡Tú ven para acá! ¡Híncate!
Mauricio, todo pobrecito, obedeció y caminó hacia el abuelo para arrodillarse.
El abuelo: —¿Me morí o qué? ¿Me vas a velar?
Al escuchar eso, Mauricio se giró rápidamente mirando hacia la puerta, dándole la espalda al abuelo.
Don Esteban: «...»
¡Qué ganas de patear a este mocoso hasta sacarlo volando!
—¿Sabes en qué la regaste? —preguntó el abuelo con voz grave.
La escena parecía un juicio sumario.
Mauricio pensó y pensó, pero no lograba entender qué había hecho mal.
Negó levemente con la cabeza.
El abuelo le soltó una patada en el trasero, y Mauricio terminó besando el suelo.
—¡Chamaco inútil! ¿Qué hiciste hoy? ¿De dónde vienes?
Con esa pregunta, a Mauricio se le fue el alma a los pies.

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