—Está bien, señorita Betina. Tenga mucho cuidado afuera.
—Sí.
Laura ya estaba esperando frente a la entrada de la mansión de los Reyes. Al ver salir a Betina, arreglada impecablemente, bajó la ventanilla y agitó la mano:
—¡Betina!
—Laura. —Betina caminó hacia el carro, abrió la puerta del copiloto y se subió.
—Betina, ¿has estado a dieta otra vez? —A Laura le parecía que Betina se veía más delgada.
Betina sonrió con cierta amargura en su interior:
—No a propósito.
Simplemente estaba de mal humor y no le pasaba la comida.
—Ya estabas muy bien con tus 45 kilos, no necesitas bajar más.
Ahora, el peso de Betina debía estar entre 43 y 44 kilos.
—Ajá, trataré de comer un poco más.
Laura giró el volante para dar la vuelta y justo se toparon de frente con un lujoso carro negro que les resultaba familiar.
El corazón de Betina dio un vuelco. ¿Era el carro de Fabián?
Apenas pasaban de las nueve; pensó que Fabián no llegaría tan temprano, pero para su mala suerte, Laura lo vio.
Laura vio pasar el carro de lujo sin dudar, se quedó atónita un momento y volteó a ver a Betina, quien no tenía buena cara:
—Betina, ese de ahorita... ¿era el carro de Fabián, verdad?
Betina asintió con una expresión poco natural:
—Sí.
Laura no entendía nada. Orilló el carro un poco y miró por el retrovisor cómo el carro de Fabián entraba directamente al portón de la mansión.
¿Iba a casa de los Reyes?
—Betina, ¿Fabián... no vino a buscarte a ti? Tú... ¿no está mal que salgas conmigo justo ahora?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada