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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 555

—Lástima que, aunque esta Almendra está de muy buen ver, su familia biológica está para llorar.

Para familias como la de ellos, buscar nuera también implicaba ver el estatus, que fueran de la misma clase.

Pero a Bruno le comía la ansiedad por dentro.

Comparado con ese cuerpo hermoso y tentador de Almendra, sentía que el estatus ya no era tan importante.

¿Por qué no se había dado cuenta antes de que Almendra tenía un lado tan guapo?

En su memoria, Almendra era una chica rara y solitaria, que no se arreglaba como mujer, sacaba malas calificaciones en la escuela y hasta se peleaba a golpes.

¿Cómo le iba a gustar?

Pero ahora...

—Papá, mamá, voy a dar una vuelta.

Bruno se tocó la barbilla y caminó muy sonriente hacia Almendra.

—¿Almendra?

Almendra acababa de despachar a un niño rico cuando vio a Bruno, vestido con un traje blanco y cara de lujurioso, caminando hacia ella, llamándola con un tono de interés.

Ella soltó una risa fría; aquí había mucha basura.

Almendra dio media vuelta para irse, pero Bruno aceleró el paso y la alcanzó, bloqueándole el camino:

—Almendra, vamos a platicar.

Almendra lo encontró ridículo, su voz sonó gélida:

—No tengo nada que platicar contigo.

Bruno se puso en plan patán:

—¿Cómo que nada que platicar? Estamos comprometidos desde niños. Aunque la familia Farías te haya puesto de patitas en la calle, yo no te hago el feo.

»Con tal de que cortes con esos hombres raros de allá afuera, puedo hablar con mis papás para que te acepten en la casa de los Valdés.

Bruno había escuchado de Susana que, después de regresar con los Reyes, la familia era tan pobre que ella tuvo que salir a venderse para mantenerlos.

Si no fuera porque Almendra se veía tan inmaculada, ni le haría caso.

—Si tienes el cerebro lleno de mierda, ve al hospital a que te lo saquen, ¡no vengas a dar asco aquí!

Bruno no terminó la frase; Almendra lanzó una patada y Bruno salió volando como un muñeco de trapo, cayendo al suelo de la manera más humillante.

La gente presente: ¡!

¡Qué brava! ¡Qué loca! ¡Qué genial! ¡Qué imponente!

En fin, sobraban adjetivos para describir lo increíble y ruda que se vio Almendra en ese momento.

—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Bruno!

Tamara vio que había mucho alboroto por ese lado y miró por curiosidad, pero jamás pensó que vería a su propio hijo encogido en el suelo con cara de dolor como un perro.

Antes de que Eliseo y Tamara corrieran hacia allá, una figura se metió rápidamente entre la multitud, gritando con ansiedad y preocupación:

—Bruno, ¿estás bien?

Todos se quedaron pasmados otra vez, ¿y ahora qué pasaba?

Susana ayudó a Bruno a sentarse en el suelo con cara de preocupación, y luego le rugió furiosa a Almendra:

—¡Almendra! ¡¿Por qué tratas así a Bruno?!

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