Susana estaba realmente al borde del colapso.
—Almendra, si sigo aquí me voy a volver loca. Si quieres encerrarme hasta que despierte la abuela, no me voy a resistir, pero llévame a un lugar donde haya sol, no quiero estar aquí...
Susana suplicaba amargamente, con una apariencia tan lamentable e inocente que hacía que Almendra pareciera aún más despiadada y cruel.
—Si quieres salir, di la verdad —Almendra no se inmutó.
Susana se quebró por completo, su voz sonaba terriblemente ronca: —¡Dije la verdad! ¿Por qué no me crees? ¿Cómo está la abuela? ¿Cuándo va a despertar?
Almendra guardó silencio.
Ni siquiera ella sabía cuándo despertaría la abuela.
Susana continuó llorando: —¿Llevo tanto tiempo desaparecida y no me han buscado?
Se refería, naturalmente, a Rodrigo y Valeria.
Almendra siguió sin responderle, se dio la vuelta y se fue.
Al ver esto, Susana intentó salir corriendo, pero Almendra fue más rápida y la encerró tras la reja interior.
Susana golpeaba la pesada puerta de hierro como loca: —¡Almendra! ¡Déjame salir! ¡Almendra!
***
Apenas Almendra regresó a la superficie y planeaba conducir de vuelta a la mansión de la familia Reyes, Valeria apareció de la nada, bloqueándole el paso: —Almendra, ¿dónde está Susana? ¿Qué le hiciste?
Almendra soltó una risa fría: —¿A ti te importa si vive o muere?
Valeria se quedó rígida un momento y dijo con indignación: —Aunque es cierto que no me cae muy bien, al fin y al cabo es mi hija biológica, ¡es carne de mi carne!
»Almendra, ¿qué le hiciste?

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