Rodrigo mantenía la espalda bien recta, con una actitud llena de confianza.
Antes de modificar el testamento, había consultado específicamente con su abogado. Dado que Almendra no era hija biológica de la familia Farías, existía un vacío legal que podía aprovechar.
De lo contrario, no se habría atrevido a actuar de manera tan descarada.
Almendra miró con frialdad al confiado Rodrigo.
—Entonces tendrás que preguntarle bien a la persona que tienes a tu lado, ¡qué fue lo que hizo!
Rodrigo se quedó atónito y de inmediato comprendió a qué se refería.
Miró con asombro a Valeria, quien tenía una expresión de culpabilidad, y le cuestionó con un tono gélido:
—¿Acaso fuiste tú?
¿Cómo iba Valeria a admitirlo frente a tanta gente? Inmediatamente comenzó a gritar:
—¡Rodrigo! Almendra solo quiere sembrar discordia aquí. Cuando mamá tuvo el accidente, yo estaba contigo, ¿cómo iba a tener algo que ver?
Rodrigo, ¿acaso vas a creerle a ella y no a mí?
Soy tu esposa desde hace veinte años, hemos estado juntos en las buenas y en las malas durante dos décadas, ¿de verdad no confías en mi palabra?
Valeria hablaba mientras sus ojos se enrojecían, rompiendo en llanto.
Rodrigo de repente pensó que estaba imaginando cosas. Es cierto que Valeria no tenía una buena relación con la anciana, pero ella siempre se había dedicado a esta familia y le había dado hijos; no debería ser capaz de hacer algo tan desalmado.
—Valeria, perdóname, yo...
—¡Deja de fingir inocencia! Ese accidente fue planeado de antemano por ti y Susana, pero no contaban con que yo lograra salvar a la abuela, ¿verdad? —la voz de Almendra era tan fría que no mostraba ni una pizca de emoción.
El rostro de Valeria se puso blanco de golpe, a punto de colapsar ahí mismo.
—¡Almendra! No tienes pruebas, ¿con qué derecho dices que fuimos nosotras?

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