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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 638

Luis conocía más o menos a Osvaldo; sabía que le encantaban las teorías de conspiración.

Le gustaba complicar las cosas sencillas, qué cansancio mental.

—¿Para qué entras? ¡Mi mamá todavía no termina con la acupuntura! ¿No sabes que no hay que ver lo que no se debe? ¿Quieres que mi papá venga a surtirte?

Luis abrió la puerta solo una rendija y le resopló de mala gana.

Osvaldo, al ver que Luis estaba realmente bien y que dentro de la habitación no se escuchaba la respiración agitada de Marisol, se quedó pasmado, con una cara de total incredulidad:

—Joven, ¿esa chiquilla de verdad estabilizó la enfermedad de la señora?

Luis asintió:

—¡Ajá! Mi mamá ya está bien, diles a los de la ambulancia que se vayan, no hay que hacer tanto alboroto.

Osvaldo seguía sin poder creerlo:

—Pero…

—Osvaldo, estoy bien, deja que la ambulancia se vaya.

De repente, la voz débil de Marisol se escuchó desde el interior de la habitación. ¡Ahora sí Osvaldo tenía que creer que Almendra realmente había curado a la señora!

Luis vio que Osvaldo seguía ahí parado como poste, así que le cerró la puerta en la cara de un portazo.

Osvaldo todavía alcanzó a escuchar a Luis exclamar con alegría:

—Mamá, por fin estás bien, ¿sabes que casi se me sale el alma del susto hace rato?

Marisol ya se sentía mucho mejor, y al escuchar a Luis, soltó un ligero bufido, aunque aún estaba débil:

—¿A dónde se te va a salir? Ya ves que estoy bien.

Dicho esto, miró a Almendra que estaba a un lado, con una expresión amable y bondadosa:

—Jovencita, de verdad muchas gracias. Si no hubiera sido por tu ayuda oportuna, me temo que no habría podido recuperar el aliento y ya estaría estirando la pata.

Hace un momento, antes de que llegara Almendra, sinceramente sintió que se le iba la vida.

La sensación de hoy fue idéntica a la crisis que tuvo hace unos años; llegó con una furia tremenda y no le dio oportunidad ni de respirar.

En aquella ocasión, la estuvieron reanimando en la sala de urgencias del hospital durante horas para traerla de vuelta. No esperaba tener la suerte de toparse hoy con esta pequeña doctora milagrosa; en cuestión de dos o tres minutos, esa sensación de asfixia desapareció.

A Luis no le hizo gracia que Marisol dijera cosas de mal agüero:

—Mamá, ¿qué cosas dices? No vuelvas a decir eso en el futuro.

Marisol sonrió:

—Lo digo en serio, Luis. Hoy esta jovencita me salvó la vida, así que tú y tu papá vean qué hacen.

Lo que quería decir indirectamente era que Luis y su papá debían recompensar generosamente a Almendra por salvarle la vida.

Luis asintió:

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